Vestir con americana y camisa es imprescindible en la asignatura de provocación. Aunque para ser el mejor de la clase hace falta, además, salir bostezando en las pantallas de Times Square y quitarle el taparrabos a Jesucristo

FOTOGRAFÍA: JOSEP FONTI

“Mi padre tuvo que arreglar autos para pagarse su doctorado. Yo usé ropa usada. Mi educación consistió en criticar cuadros de Rembrandt y Turner. Yo genero trabajos que son incluso populistas. El humor es una vaselina para mí, porque me permite hablar de temáticas complejas de manera lubricada, que te penetran fácilmente. Conmigo te vas a reír, vas a imaginar y, sobre todo, vas a ver artesanía de máximo nivel. No pasa nada si no has ido a la universidad, o si te retiraste del colegio a los doce años, o si no tienes ni idea de la cantidad de guiños y referencias que hago de los diferentes artistas del siglo XX. Yo trabajo por capas, como una torta de milhojas. Cuando tú detectas una moda es porque has visto a varias personas haciendo lo mismo, pero cuando ves a varias personas haciendo lo mismo esa moda ya está a punto de morir. Si a mí no me gusta tu camiseta de Donald Trump y a ti no te gusta la mía de Marc Jacobs, probablemente nos quedemos sin conversación. Cada remada que hago es una remada de ideas y proyectos que me compra tiempo, que me justifica vivir un día más. Lo admito: no sé descansar”.

¿Sueles coger vacaciones? No, nunca, porque me siento culpable cuando no haga nada.

¿En serio? Vaya, eso sí que es ser exigente con uno mismo. Sí, muchísimo. Y lo otro es que es un privilegio poder dedicarse todos los días a hacer lo que uno quiere. Y costó, naturalmente que cuesta llegar hasta este lugar. Durante mucho tiempo uno sabía que si dejaba de trabajar se podía caer todo. Ahora ya no es el caso, y sé que si tomo vacaciones las cosas seguirán en su sitio, pero aún voy con la mentalidad de que si paro se podría derrumbar todo (piensa en lo que ha dicho). No sé, simplemente me cuesta; estoy aprendiendo a descansar.

Y oye, ¿cómo concilias esa prioridad con una vida personal? Me imagino que debe ser complicado. Claro, pero después de varios fracasos personales, en pareja, poco a poco he ido aprendiendo. Hace diez años trabajaba los siete días de la semana, y eso me costó una novia. Después lo quería bajar a seis (se ríe). Hace cinco años lo quería bajar a cinco, y hoy día estoy tratando de llegar a casa más pronto. También trato de no andar con el teléfono a todas partes y de no ir al cine con una croquera, con papel y lápiz. La verdad es que está siendo una rehabilitación dura.

Voy a hacer algo que es un suicidio para cualquier periodista, y es que tú me digas sobre qué quieres que te pregunte. ¿Hay algún tema del que te apetezca hablar? Al menos de manera “pública”. Muy buena pregunta, y te la agradezco. Ahora estoy muy interesado en todo el tema de las tecnologías. Yo tengo un estudio en el que desarrollamos algo así como cuarenta proyectos en paralelo, que van desde el interior de un avión hasta una instalación de arte público a gran escala. O un zapato. Y el ejercicio constante que se hace es de analizar una práctica, una situación cotidiana, y cuestionarla. Y dentro de ese cuestionamiento hay que ver de qué manera se pueden hacer pequeñas diferencias, innovaciones que no se habían hecho antes, que implican un cierto riesgo y esfuerzo. Ahora también es imposible no estar pendiente de lo que pasa a nivel macro, y a mí me asusta cómo va a cambiar todo. Yo no creo en los signos del zodiaco, no creo en la homeopatía, pero sí estoy convencido de que la inteligencia artificial, dentro de veinte años, llegará a nuestro nivel, y que en cuarenta años cambiará la sociedad, y que de ahí en adelante nos quedaremos sin trabajo. Y creo que a la gran mayoría de las personas, incluso aquellas que trabajan en las áreas de la ciencia, les es posible medir esto, estar al tanto, pero les cuesta visualizarlo, les cuesta imaginar las diferentes repercusiones que tendrá, porque no es parte de su trabajo, realmente. Para nosotros, nuestra pega en las áreas creativas es imaginar. Es casi como el actor que trata de ponerse en la piel de otra persona y sentir lo que siente la otra persona, y estar ahí, en lo bueno y en lo malo. Mi trabajo es imaginar situaciones que sean difíciles de imaginar, y uno ve estos casos y piensa “vale, aquí va a cambiar todo, y por ende, todo lo que yo hago ahora tiene que empezar a cambiar en esa dirección”. De hecho, esta semana estoy abriendo un segundo estudio en paralelo, dedicado nada más que al cruce entre tecnología, diseño y arte.

¿Y qué hay de las conclusiones? Tal vez la más interesante… es muy simple la idea de que… por ejemplo, mi padre escribió el programa de arte que estudian todos los niños en los colegios de Chile. Y a mí me criaron de una manera muy rigurosa en las artes. A los cinco años yo ya quería ser artista y sabía que si me esforzaba muchísimo, que si tenía un poco de suerte, y que si efectivamente tenía una cantidad equis de talento, lo máximo a lo que podría aspirar sería a hacer un pequeño aporte, un pequeño gesto dentro de la historia macro de las artes. Y poder hacer un homenaje a todos aquellos artistas, arquitectos y diseñadores que vinieron antes, y un pequeño guiño a los que vendrían después. Toda mi vida ese fue el plan, hasta hace un año, porque he empezado a aceptar lo que muchos expertos dicen, que de aquí a veinte años el software pasará a tener nuestro mismo nivel de inteligencia. Y eso me ha hecho darme cuenta de que soy parte de las últimas generaciones de artistas, que ya no vendrán más después de nosotros. Y eso es muy fuerte, es muy fuerte pensar que se acabó, this is it. Que dentro de veinte años serán las máquinas las que harán el arte, y harán arte mucho más fascinante del que tú y yo podríamos pensar jamás, que nos va a tener embobaos. Y no es que existan veinte promociones que vayan a salir de la universidad, no, es que existen muchas menos, tal vez seis o siete, porque igual hay que darles a los recién salidos una cierta cantidad de tiempo para que se hagan un nombre y tengan la posición para poder dictar cosas de manera diferente, para poder tener una plataforma con la que los medios de comunicación y los críticos te escuchen. Para tener una voz. Estamos en una especie de hunger games. Y aquellos que sean los últimos artistas probablemente tendrán que saber asociarse y trabajar con ciertas empresas, porque el día de mañana ellas van a ser las dueñas de todo, van a ser las que financiarán las obras de arte más transformadoras. Y a mí este cambio me resulta fascinante y obsesivo. Me siento como uno de estos locos que cree que hay un complot del gobierno o cualquiera de estas locuras. Yo me siento como un psicópata. Pero vuelvo a hacer la suma una y otra vez, y la lógica, los números, las estadísticas y los expertos vuelven a decir lo mismo.

Dices que el arte, el tuyo, está hecho para que la gente vea lo cotidiano de manera diferente, y eso lo has conseguido a base de provocar, sobre todo con temas sociopolíticos. Seguro que habrás tenido más de un conflicto con empresas y gobiernos. O con la Iglesia. Sí, claro, he tenidos varios. Desde sacerdotes evangélicos que han pedido a todos sus seguidores que me escriban, y eso ha hecho que me acaben llegando mil amenazas de muerte por hacer un palito de helado con la cruz de Cristo. O ex soldados que me dicen que cómo puedo representar de cierta manera su trabajo, o gente que te dice que porque no eres americano no tienes derecho a hablar de las circunstancias de América, o porque no eres gay no puedes hablar a favor de los gays, o porque no eres negro no puedes defender a los afroamericanos, etcétera, etcétera. Lamentablemente, gente que esté en contra tuya va a haber siempre, más aún en Internet donde es muy fácil esconderse y ser un troll. Pero no nos puede detener eso, y lo único que podemos hacer es tratar de saber dónde está la integridad de cada uno y que aquellos que te conozcan puedan olfatear que tus intenciones son buenas. Creo que hoy en día hemos desarrollado una capacidad para olfatear la mentira muchísimo mayor que antes ¿no? Creo que más que nunca es fácil olfatear si alguien te está diciendo la verdad o no, si sus intenciones son buenas o no.

Hablemos del cuadro que hiciste de Jesucristo desnudo en la cruz, sin taparrabos. Es curioso que siempre se haya dado por sentado que a él lo mataron vestido, porque cuando asesinan o violan a alguien, al menos ahora, lo primero que se hace es desnudarle, como un símbolo de desprotección. Y bueno, que tú construyas estas imágenes hace que la gente abra los ojos ante cuestiones a las que no haría caso en los medios de comunicación. ¿Crees que tus obras, de alguna manera y en ciertas ocasiones, pueden ser más eficaces que el periodismo? (Se para varios segundos a pensarlo). Yo creo que sería una acepción demasiado general decir algo así como “mi obra es más eficaz que el periodismo”. Aunque sí creo que esta frase cliché de “una imagen vale más que mil palabras” tiene algo de verdad. O sea, cuando uno es capaz de ilustrar a través de una metáfora, ya sea visual o escrita, una situación a la que todos estamos acostumbrados, lo que puede llegar a conseguir es muy potente. Ocurre lo mismo con los cómicos, los buenos cómicos, aquellos que hacen comedia sociológica, que describen situaciones que todos conocemos y lo hacen de una manera tan elocuente, con una precisión tan perfecta, que logran que tengamos una reacción física, de carcajada. Y cuando a mí se me ocurre que Jesucristo tuvo que haber muerto desnudo… si uno lo piensa y le da vueltas llega a la misma conclusión que tú: si vamos a humillar a alguien, lo primero que se hace, igual que en Guantánamo, es quitarle la ropa. Está claro que el tipo jamás tuvo taparrabos, y generar esa imagen es muy potente, y poder traerla a la Iglesia aún es más fuerte. Y si le vas a dar una polla a Jesucristo, hay que darle una como le corresponde. No puede ser una cosa chica, tiene que ser relativamente poderosa, porque es el hijo de Dios (se corta la conexión en Skype).

(Volvemos a conectarnos). Parece que una fuerza superior no quería que hablásemos del tema (me río). Vamos a tocar otra faceta tuya al margen de la del activismo. Últimamente te gusta darle la vuelta a los objetos del día a día. Dividiste, por ejemplo, una taza de café en dos para poder compartirla y juntaste unos palillos chinos que al final formaban un tenedor occidental. Estoy seguro de que mucha gente verá estos experimentos como eso, como una anécdota ingeniosa. Y quizás no terminan de calar porque, en nuestra sociedad, repensar las cosas de forma diferente, que es lo que hacen los niños, no va relacionado con hacerse mayor. Estoy de acuerdo. Y si lo piensas… por ejemplo, hace varias semanas se publicó un artículo que decía que el promedio de los CEOs en las pruebas de aptitud, de aquellos millonarios del mundo TEC, generalmente no era el más alto. Y seguro que ese artículo se esparció muchísimo, porque todos aquellos que no obtuvieron buenos porcentajes debieron pensar “tal vez yo también puedo ser millonario”. Pero el punto real del artículo era explicar que vivimos en una sociedad que está acostumbrada a premiar a los que siguen las reglas, y las reglas implican aceptar la cultura y ser capaz de repetir una estructura previa. Pero generalmente todo esto requiere de más inteligencia y esfuerzo, de ser capaz de presentarse ante la realidad y cuestionarla, y seguir el proceso de cuestionamiento. Por ejemplo, cada uno de los ejercicios que yo hago no tienen importancia por sí mismos, excepto cuando se convierten en una práctica. Es como la idea de que ir al gimnasio un día o dos a la semana no sirve de nada; tienes que ir todos los días para hacer un cambio sustancial (se ríe de su comparación). Mi sueño de vida siempre fue, algún día, a los ochenta, morirme y que existiera un hangar de avión lleno de miles de objetos, situaciones y espacios que hubieran sido cuestionados. No rediseñados pero sí reimaginados, reinventados. Y poder generar así una especie de… mundo paralelo en el que todo pueda ser diferente. Yo no soy fanático de Tolkien, ni de El Señor de los Anillos, ni de Star Wars, ni de Harry Potter, pero todos mis amigos que sí lo son, cuando tú les preguntas por qué les gusta tanto, tienden a llegar a una frase que dice algo así como “porque fueron capaces de generar un universo”. Y yo pienso que si un mundo completamente diferente en la literatura es capaz de cautivar a generaciones, y lograr que millones de personas imaginen, sueñen, ¿por qué no reinventar nuestro mundo? Y tratar a su vez de inspirar a los que vengan después. De hecho, uno de los proyectos grandes que tengo en este momento es la reinvención de todos los objetos básicos, cotidianos. Y vamos a tener una serie de programas cortos, de uno o dos minutos, en los que presentamos algo que todos conocemos (señala su bolígrafo), identificamos un problema, ofrecemos una solución, generamos un prototipo y lo desarrollamos. Como un ejercicio constante. Y ahora tengo toda una parte del equipo trabajando en esto para poder invitar a la gente, más que a comprar el producto, a ver conmigo cómo sería el proceso de reimaginar y resolver. Casi como un programa de cocina. Hoy día ya no pretenden que tú sigas la receta y cocines en tu casa, sino que te entretenga y que te eduque, te inspire. Y mi idea es generar eso dentro del área de producto y diseño industrial.

¿Cómo ve el amor alguien que está constantemente repensándolo todo? Nunca me habían preguntado eso. Mira, la directora de mi estudio y yo tenemos un acuerdo: ella no me cuenta cuáles son las reuniones y entrevistas que tengo entre los próximos tres y siete días. Yo no quiero saberlo, porque estoy ocupado en la próxima hora exacta, full  concentrado. Y de la misma manera almuerzo todos los días lo mismo, porque me libera tiempo mental para otras cosas (analiza su respuesta). Creo que todo lo valiente y osado que he sido para cuestionar el sistema, lo he sido de tradicional para el amor. Creo que necesito estar en pareja y bien tranquilo para poder estar completamente concentrado en lo otro. Racionalmente entiendo que las estadísticas van en mi contra, que en diez años seremos completamente diferentes, que lo más probable es que las generaciones de hoy día tengan aún menos oportunidades de estar en relaciones que perduren en el tiempo. Pero es algo que trato de mantener estable.

No sé por qué, pero tengo la sensación de que no estás demasiado satisfecho con tu carrera. Tienes los premios que todo artista o diseñador ansiaría, o los más importantes, pero lo que creas no llega a un nivel macro. Ni en España ni en el resto de Europa he visto un producto de Sebastian Errazuriz a la venta. ¿Habrá que esperar a que mueras para que tus ideas se implanten comercialmente? (Sonríe). La cantidad de trabajo que he generado a estas alturas yo creo que es equivalente a la que han generado otros artistas, otros diseñadores que son mucho más reconocidos que yo. Naturalmente uno siempre quiere ser más reconocido. En mi caso ya no tanto por vanidad, es simplemente porque, como hablábamos antes, tener una plataforma de poder implica que el cambio que uno puede generar es muchísimo más alto. Tomar el teléfono y llamar a quien sea, y decirle “oye, tenemos que generar esto o aquello”, es de un poder increíble, sobre todo cuando lo que te interesa es hacer cambios. Piensa una cosa: el hecho de que Philippe Starck se haga un nombre, convirtiéndose en una marca con inversionistas y equipos gigantescos, requiere transformarse en una empresa comercial y funcionar como tal durante un tiempo, durante décadas, para poder convertirse en el diseñador de productos más importante del mundo. Hoy día uno podría cambiar ese título en un año. Con la serie que estoy haciendo de reimaginar el mundo, por ejemplo, en un año yo podría conseguir ese título también. Uno siempre es más importante que cualquiera de los diseñadores más importantes del mundo (le da vueltas a lo que acaba de decir). Creo que haber decidido ir en contra del sistema, de hacer carreras paralelas, simultáneas, de hacer preguntas difíciles, de provocar, cuestionar, de no venderse, hace que mi trabajo sea mucho más difícil, porque no soy una marca constante que solo hace dibujitos o rayas. Y por ende es un trabajo mucho más complicado de identificar, sí. Es más difícil de vanagloriarse como objeto de lujo o de estatus. Te pongo un ejemplo que para mí es el ideal: si nosotros trajéramos a diez críticos de arte, a cien, a mil críticos, los cerráramos con llave en una sala y les dijéramos “ustedes no van a salir de aquí hasta que no concuerden quién es el artista más importante de la historia”, los tipos podrían estar meses adentro discutiendo si es Van Gogh o Picasso, o Modigliani, o Damien Hirst, o Jeff Koons, o etcétera. En el momento en que a alguno se le ocurriese decir Leonardo Da Vinci, la discusión se acabaría, porque Leonardo Da Vinci dibujaba igual que Rafael en términos de técnica, pero él no estaba retratando situaciones cortesanas de la época. Da Vinci usaba el dibujo para investigar el cuerpo humano ¿cierto? Y mientras dibujaba estaba desarrollando arquitectura, ingeniería, cocina, etcétera. Y hay un valor muy importante en todo eso. Entonces, cuando yo me planteo mi vida siempre me pregunto: vale, ¿a quién quiero parecerme? ¿Me gustaría ser como Picasso, como Gabriel Orozco, como Maurizio Cattelan? ¿Y qué pasa si uno quisiera tratar de ser como Leonardo Da Vinci? Quiero decir, ¿qué sería mejor, tratar de ser un 5% de lo que fue Da Vinci o un 90% de lo que es Jeff Koons? Si puedo elegir, yo me quedo con un 5 del primero. Y hay algo en aspirar a ese macro que es lo que a mí me da tranquilidad todos los días, porque sé que estoy haciendo lo que es más honesto, lo que es más difícil. Y después habrá que ver si el trabajo que hice valió la pena o no. Si dentro de cinco años tú ves mis trabajos de arte público y tienen la escala y la calidad de los proyectos de alguien que dedicó toda su vida al arte público, y después ves mi diseño industrial y dices “mira, este tipo tiene la escala y la calidad de alguien que dedicó toda su vida al diseño industrial”, y así sucesivamente con diez, quince áreas, el esfuerzo habrá valido la pena. Quiero que tú puedas decir “mira, Sebastian es igual de bueno que aquel en este terreno, pero a su vez está haciendo quince otras áreas en paralelo, todas al máximo nivel, en diálogo con los mejores de su época”. Para mí eso tiene más valor.

Cuando buscas tu nombre en Google lo primero que aparece es el libro Journey of Sebastian Errazuriz. ¿Tienes la sensación de estar haciendo un viaje? Sí, de todas maneras… Varias personas que son cercanas a mí, que me tienen cariño y aprecio, dicen que tengo que aprender a quererme. Me lo dicen no porque sea un tipo que anda con el ego por los suelos, sino porque siento que no valgo como persona, que solo valgo por lo que soy capaz de crear. Y de alguna manera, cuando trabajo, trabajo de manera obsesiva, como un psicópata adicto, y si no genero trabajo me siento inútil, siento que mi vida no tiene sentido. Pero… por ejemplo, la felicidad. Para mí la felicidad es algo que está sobrevalorado. Que yo sea feliz no tiene importancia, porque yo no soy nadie, de partida. ¿A quién le importa si yo disfruto o soy un desgraciado? Pero si yo soy capaz de generar más o menos trabajo, de ayudar a más o menos gente, de hacer ciertos cambios en ciertas áreas que tal vez generen ciertos efectos… eso vale mucho más que el hecho de si yo soy feliz o no. ¿Qué opinas?

Pues que definitivamente necesitas continuar con la rehabilitación de la que hablabas al principio. (Se ríe).

¿Volverás a Chile? No creo. Yo quiero mucho a mi familia y amigos, pero no tiene sentido vivir allí desde un punto de vista profesional. No sé si me iría a morir a Chile tampoco (su asistente le recuerda que me estoy excediendo del tiempo pactado). Me están apretando acá (se ríe). Vivir en Nueva York es como vivir en las Olimpiadas; es una ciudad que te recuerda constantemente cuál es el nivel al que hay que estar. Parcialmente por la cantidad de recursos que existen. Acá tenemos algunas de las personas con más dinero del mundo, y es gente que está acostumbrada a los más altos niveles de exquisitez cultural. Desde comidas en restaurantes de tres estrellas Michelín hasta vivir rodeados de Giacomettis  y muebles de Jean Prouvé. Eso por un lado. Y por otro, acá están todos aquellos que vienen a competir. Aquel fotógrafo que le fue muy bien en Barcelona, que cree que es uno de los mejores de su país y ahorró dinero para venir a hacerse un espacio. El fotógrafo de Londres que hizo lo mismo, el que viene de Cape Town, el de Melbourne o el que viene de Santiago. Y todos ellos llegan acá por un periodo corto a tratar de medirse, a pelear, a tratar de dejar su huella. Y ese pulso, esa velocidad, esa competencia, esa exigencia, es muy positiva porque te destruye a diario, te recuerda que tal vez puedes ser alguien importante en un pequeño pueblo, en una pequeña ciudad, pero que acá no eres nada ni nadie. Y eso te exige una disciplina altísima.