Garry Winogrand fotografió a cuatro amigas que hablaban de sus maridos. Lo que ellas no sabían es que medio siglo después el mundo todavía espera a que cambien de tema


Lo más seguro es que el título de arriba le recuerde a un programa de televisión. Si es así, no me juzgue: todo tiene una explicación. Hace varios meses, el señor que escribe estas líneas se planteó abrir un espacio en Internet para mantener conversaciones. De las de verdad. De esas que surgen en el coche mientras su compañero y usted siguen con la mirada los zarandeos caprichosos de la carretera. O de las que transcurren a cada lado del teléfono, mientras alguno de los dos dibuja formas inexplicables en el margen de una libreta. Hasta aquí, todo idílico. Pero la realidad es que no siempre es fácil mantener una conversación. Ahora mismo le podría decir que entrevisto a más de un personaje a la semana, y eso me ha proporcionado tablas suficientes (creo) como para dirigir a cualquiera donde yo desee. Por ejemplo, a su infancia. Le preguntaría si está satisfecho con la suya, y cuando me dijese que sí, que guarda buenos recuerdos, cambiaríamos de tema. Divagaríamos sobre su profesión, sobre lo bien que le va en la vida, esa maravillosa película que acaba de rodar o el fantástico equipo con el que ha trabajado. Y cuando menos se lo esperase, ¡zasca!, volvería a su infancia. Llámeme frío, calculador, lo que quiera; todo esto no deja ser una artimaña que los periodistas utilizamos para conseguir titulares. Una cuestión hedonista al fin y al cabo, y el que diga que nunca la ha practicado, desconfíe de él. Pero otra realidad, más dolorosa que la anterior, es que una entrevista poco tiene que ver con una conversación tuteada. Vale que en las dos hay tensiones, respuestas acaloradas, claro que sí, pero en una conversación surgen por desacuerdos de índole cotidiano, nunca por preguntas indiscretas. La palabra que resume la diferencia es ‘debate’. Con un amigo o un familiar se charla, se divaga, se discute, se sale del armario. Rara vez hay un tiempo predeterminado para debatir con el otro. Y ese debate le lleva a un abrazo, a un bloqueo en Facebook, incluso a un polvo en el mejor de los casos. No vaya a pensar ahora que lo que quiero es acostarme con Pep Gay o Topacio Fresh, aunque sí me gustaría creer que del encuentro con los dos surgió algo más que una entrevista. Fíjese un momento: han pasado cuatro meses desde que empecé a preparar Incessants  y no han sido pocas las contradicciones. Que si este personaje no encajará, que si aquel fotógrafo que publica en Vogue no querrá colaborar con un par de retratos, o que quizás debería ir pensando en llamar a varios anunciantes, lo cual coartaría la creatividad pero haría rentable el oficio. Y al final, créeme, todo ha sido más fácil de lo que pensaba. Solo ha hecho falta un poco de tiempo para entender que no hay nada que no se arregle con una buena conversación.

Pablo Gandía