Encarnó el papel de villana como para muchos otros bordó el de heroína. Repartió esperanzas, las compensó con traiciones e ilustró las diferencias que conlleva vivir en democracia. No hace ni diez meses que esta madrileña se despidió de la alcaldía de su ciudad, y ya ha encontrado otra fórmula de hacer política, mucho más moderna y apacible

FOTOGRAFÍA: SARA ARROYO

 

Se quiera o no, a los políticos siempre se les acaba juzgando, más que por su discurso, por los pequeños gestos que se leen entre líneas. Y que en tu caso, Manuela, hacían referencia a una cierta austeridad bastante insólita y llamativa. Me explico: el hecho de que te trajeras el tupper  al Ayuntamiento todos los días lo destacaba hasta el The New York Times, y que fueras en metro llenó titulares durante años. ¿Te sorprendió que a la gente le sorprendiese ese comportamiento? No mucho. Por ejemplo, con respecto a lo último que has dicho, yo sé que la mayor parte de políticos no se bajan del coche. Cuando era consejera del Poder Judicial, que también iba en metro, pasaba igual. Me hacía gracia porque mis compañeros, a veces, no sabían el tiempo que hacía; me miraban y me preguntaban “Manuela, tú que vas por la calle, ¿hace frío?”. Claro, les había ido a buscar el coche oficial al parking de su casa, y de ahí directos al parking del Consejo del Poder Judicial (se ríe). Entonces, no sé, me parece que la anécdota es bastante indicativa de lo negativo que resulta el aislamiento por parte de quien asume la política como un cargo, o como un distanciamiento ¿no? Es indicativo de hasta qué punto, si dejas de hacer lo normal, si te conviertes en alguien que no eras, pues… primero, que yo creo que debes sentirte muy incómodo. Y segundo, que es muy absurdo. Pero sé que la mayor parte de la gente sí actúa así.

Toquemos el tema de la mujer que ejerce la política. Vale.  

A menudo, a la congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez le reprochan que muestre especial interés por una cuestión como es su indumentaria; por Twitter llegaron incluso a decirle que la ropa que llevaba, la mayoría de diseño, no se parecía a la de una chica que lucha y pelea. Y según el portal The Conversation, la misma crítica recibió la activista Clara Lemlich, en noviembre de 1909, cuando animó a miles de trabajadoras textiles a que hicieran huelga por sus condiciones laborales. Todas salieron a manifestarse en Nueva York vestidas de acuerdo a la moda del momento. ¿Su mensaje? Somos económicamente independientes, y nos gustan los sombreros nuevos. ¿Qué opinas tú? Es decir, ¿hace falta relegar la estética para defender según qué causas? No, para nada. La estética es algo que te influye directamente en la sensibilidad, y eso es un instrumento muy útil cuando tú le das importancia a la empatía, que es como la argamasa o el pegamento que sustenta a la sociedad en general. Cuanta más empatía, cuanto más sientas que eres como la persona que tienes enfrente, más capacidad de acción, de luchar contra el sufrimiento, de conseguir igualdad. Entonces, volviendo a lo que me preguntabas, la estética hay que tenerla en cuenta, y mucho; además de que hoy funcionamos por imágenes. Lo visual es el lenguaje universal, diría yo. Y yo no sé, fíjate tú, porque nuestra sociedad ya no dibuja; el dibujo supuso un elemento formativo incuestionable durante mucho tiempo, ¿por qué lo hemos abandonado? ¿Por qué se elimina cuando llegamos al Bachillerato? No se me alcanza. Pídele ahora a una persona de 40 años que te dibuje una idea, es incapaz. Y me hace gracia que, desde wasap, tú te puedas comunicar con unos emoticonos, bastante horribles por cierto, y sin embargo la educación ni se haya planteado que la gente tiene que saber expresar una idea con un dibujo ¿no? Cuando es una auténtica luz o rendija por la que la sensibilidad, como te decía, puede tener un impulso, salir a flote. Por eso a mí me importan, en la política, los planteamientos estéticos, porque son una manera de manifestarte. Y ya sé que puede ser muy discutible qué es lo bello y qué no, pero yo creo que todos vamos teniendo cada vez más elementos para entender, por lo menos, que aquello que suscita más el desarrollo de la sensibilidad es lo que podemos llamar la buena estética.

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CARMENA SE HA VISTO LA SERIE THE CROWN  Y ALGÚN QUE OTRO CAPÍTULO SUELTO DE SEX EDUCATION, MIENTRAS VISITA LAS CÁRCELES DE ALCALÁ DE HENARES Y ARANJUEZ. ELLA DISEÑA MUÑECOS DE TRAPO, LOS PRESOS LOS CONFECCIONAN, Y LA TIENDA ZAPATELAS, EN EL BARRIO MADRILEÑO DE MALASAÑA, LOS PONE A LA VENTA.

Siguiendo con Ocasio, el reportaje que la revista TIME  le dedicó en 2019 (al haberla escogido entre las mujeres del año) hablaba de uno de sus primeros mítines, por así decirlo. Lo hizo en el salón de Jake DeGroot, un diseñador de iluminación de teatro que ya había participado en la ocupación de Wall Street, y que se unió a la campaña de Ocasio después de verla hablar en su casa ante una docena de personas, la mayoría exactores. Como dato, la revista decía esto: “Su campaña estaba impregnada de la imaginación que anima todo buen drama y de un equipo que sabía cómo contar una historia”. A lo que DeGroot añadía: “El teatro y la política empatizan muy bien. El teatro bien hecho es política, y la política mal hecha puede acabar en teatro”. ¿Cómo lo ves? Estoy de acuerdo. Desgraciadamente, estamos viendo cómo el debate político, que sin ser política en sí, porque es una especie como de sistema circulatorio sanguíneo de la política, se ha convertido en una burla. Lo que reina ahora mismo son las descalificaciones, las groserías, los insultos… la mala educación. No se debaten ideas, solo temas aleatorios a base de utilizar interjecciones e improperios. Yo creo que eso quiere decir, en parte, no solo que la mala política acaba siendo un circo o un teatro, sino que estamos viviendo un momento, probablemente, en que la estructura democrática como tal requiere de una profunda transformación ¿no? Porque los debates parlamentarios siguen siendo muy decimonónicos, ya no tienen sentido. Lo tenían, yo qué sé, hace siglo y medio, cuando de lo que se trataba era de escucharse en esas condiciones, pero hoy día es absurdo. Es decir, no hay quien lo aguante; uno no puede estar una tarde entera escuchando lo que dice este y aquel, ni aunque dijeran cosas interesantes. Además, intervienen muy poco o los demás ni intervienen. Es algo totalmente decimonónico. Entonces, cuando la democracia no se actualiza, cuando la democracia no se moderniza ni se vivifica, empieza a anquilosarse y se rompe, que yo creo que es una de las cosas que está pasando ahora, que tenemos una democracia que tiene muchos rotos.

O sea, que el discurso no funciona. Es que el discurso no puede continuar siendo ese. Estamos teniendo otra manera de razonar, de conversar; no tiene sentido que lo político sea un debate que no responda a la realidad (se acaba el café). No sé, hoy día tenemos la estructura de las imágenes, tenemos estructuras de diálogo muy diferentes que indican la necesidad de plantear temas puntuales con debates pequeños y muy plurales ¿no? Pues si estamos ahora, por ejemplo, con la eutanasia, sería razonable que a nivel social hubiera un verdadero debate sobre el tema, las dificultades que plantea, lo que fuera. Fíjate lo que han hecho en Irlanda (desde 2016, el país cuenta con asambleas oficiales que permiten a los propios ciudadanos, escogidos por sorteo, intervenir en políticas públicas vinculadas a los derechos reproductivos, la reforma constitucional, la igualdad de género o el cambio climático). Imagina si un tema así, y te he dicho la eutanasia como podría haberte dicho cualquier otro, se estuviera discutiendo por todo el país, en cuatro núcleos importantes de debate, por sorteo. Todo eso iría fructificando, calando, y sería muchísimo más lógico que hacerlo en el Congreso de los Diputados. Nosotros, en el Ayuntamiento, constituimos el primer observatorio por sorteo (en febrero de 2019 se envió una invitación aleatoria a 30.000 ciudadanos empadronados en Madrid, de los cuales se iba a crear un grupo de 49 vocales, titulares y suplentes), pero no nos dio tiempo más que a hacer una selección (el sorteo, que se emitió en marzo de 2019, todavía se puede ver en la web del Ayuntamiento).

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AHORA MISMO, LA EXALCALDESA ESTÁ PREPARANDO LA VERSIÓN AUDIO DE SU LIBRO A LOS QUE VIENEN. “LES SERVIRÁ A LOS INSTITUTOS. LOS PROFESORES PODRÁN PONER LA GRABACIÓN EN CLASE, PARARLA CUANDO QUIERAN Y ABRIR DEBATES QUE SEAN SIGNIFICATIVOS PARA LOS CHAVALES”, COMENTA EN EL JARDÍN DE SU CASA, EN LA QUE LLEVA VIVIENDO DESDE QUE SU HIJO NACIÓ HACE UNOS CUARENTA AÑOS.

Si te parece, hablemos ahora de Nacho Padilla, el director creativo que durante tu mandato cambió, de manera abismal, la forma en que se explicaba Madrid. De hecho, no sé si recuerdas aquel cartel de la colilla que estaba triste por haber acabado en el suelo y no en la papelera, o el del World Pride en 2017, que con tipografías distintas venía a decir la misma palabra varias veces, orgullo, como una alegoría de lo que significa en sí. Digamos que Padilla consiguió, al margen de dignificar el espacio público, que muchos de los que no somos de la ciudad nos sintiéramos representados en ese nuevo relato. ¿Tú eras consciente de esto? ¿Lo notabas? Totalmente. A mí, mira, por qué las ciudades son como son me parece muy interesante ¿sabes? Y son como son porque se da una serie de circunstancias que hacen que la población tome unas u otras características (analiza el caso por el que se le pregunta). En general, Madrid es una ciudad muy hecha de influencias variadas. Es lo bueno, todo el mundo lo sabe; Madrid es una ciudad en la que casi nadie de las personas que vivimos aquí somos de Madrid. Entonces, yo sí creo que esa gran diversidad se puede encontrar muy cómoda con una actitud, desde las autoridades de todo tipo, de cierta camaradería. Aquí, además, también pasa algo que yo no he visto que pase en muchas otras ciudades del mundo, que es que se habla un montón en la calle; se habla en las paradas de autobús, se habla en los bares. Madrid es una ciudad que tiene mucho diálogo consigo misma, y eso produce un efecto muy curioso ¿no? Porque cuando hay actitudes que satisfacen a la mayor parte de interlocutores de ese diálogo, se crea una afección, una empatía, un sentimiento de unión, digamos, con esa estructura de la autoridad. Y yo creo que eso es algo que pasó en Madrid.

Pero, ¿de dónde salió lo de contratar a un director creativo? Pues no tengo ni idea (lo piensa). La verdad es que fue… yo lo veía necesario. Me parecía que, de alguna manera, había que encontrar una nueva forma de comunicarse, es decir, que necesitábamos a alguien para suplir algo que yo creo que sigue siendo un error, y es que las estructuras burocráticas sean tan anticreativas. Todavía no acabo de entender por qué a un funcionario, cuando se le selecciona para que desempeñe su trabajo en lo municipal o en lo estatal, o en lo que sea, nunca se le pida creatividad. Yo he vivido experiencias curiosísimas de decirles a los funcionarios “bueno, tenemos que cortar árboles, ¿qué se os ocurre para comunicarlo?”. No saben hacer nada; como mucho se les ocurre mandar una carta avisando al vecino, y cuando ves la carta es un truño que no la lee ni su padre. Y yo, por ejemplo, les decía “¿no habéis pensado que, si vamos a cortar árboles, sería muy bonito sustituirlos por otros que sean de cartón? Y que en ellos pongamos Aquí había un árbol que estaba enfermo y va a venir otro que estará sano. ¡Muchas gracias por mirarme!”. Quiero decirte, si hubiéramos hecho eso, habríamos mirado lo que nos costaba poner, yo qué sé, no sé cuántos árboles de cartón, que luego los íbamos a reciclar, y hubiera sido fantástico. Pero no se les ocurría nada, absolutamente nada. Entonces, sí, yo tenía claro que había que meter la creatividad en el Ayuntamiento como fuera.

Pasa un poco como en las páginas web de los organismos públicos, que parece que las hayan diseñado los mismos que te atienden en ventanilla ¿verdad? Sí, sí, por eso te lo comentaba. Me ha encantado que… yo esto no lo sé, pero me dicen que cada vez más, en la selección de funcionarios en los organismos internacionales y algunos países, ya no se piden temarios de oposición. Yo odio los temarios; yo, si tuviera que seleccionar, si yo pudiera hacer un concurso, les diría “miren, ustedes prepárense porque voy a necesitar funcionarios, por ejemplo, relativos a los servicios sociales”, y les pediría que me trajeran un proyecto de cómo podemos conseguir que nadie se quede durmiendo en la calle. Porque la idea es que estén preparados para generar soluciones ¿sabes? En el Ayuntamiento, nada más llegar, dije que quería tener conmigo, permanentemente unida a mí, a una trabajadora social. Total, que me mandaron a una de las mejores, que lo primero que me dijo fue “bueno, ¿de qué quieres que haga informes?”, y yo “de nada, lo que quiero es que soluciones problemas”. Entonces, cuando alguien nos llamaba diciendo “tengo un árbol que me está tapando toda la luz de mi ventana”, lo que yo quería es que esta persona, que se llamaba Mar, fuera allí si yo no podía, viera si efectivamente el árbol le molestaba y arreglara el problema. O si yo recibía una queja en el metro, o donde fuera, y la gente me decía “ay, Manuela, me pasa esto o aquello”, yo lo metía en el móvil, le pedía el teléfono a esa persona, se lo rebotaba a Mar, Mar iba allí, hablaba con ella y me proponía soluciones. Y una vez al mes nos reuníamos y veíamos todo lo que habíamos arreglado. Es decir, es una manera de trabajar absolutamente revolucionaria dentro de ese contexto. En la Administración nadie piensa que se puede trabajar planteando soluciones, se piensa que hay que hacer expedientes.

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“TAMBIÉN HEMOS EMPEZADO CON LA PLATAFORMA CUIDAR LA DEMOCRACIA”, APUNTA CARMENA. “EN LA PRIMERA CHARLA, QUE LA HICIMOS EN UN HOTEL DE GRAN VÍA, VINO (LA FILÓSOFA VALENCIANA) ADELA CORTINA. FUE INCREÍBLE. EN LA SIGUIENTE QUEREMOS PONER UNA ENTRADA DE CINCO EUROS O ALGO ASÍ. HAY QUE ACOSTUMBRAR A LA GENTE A QUE PAGUE POR ESTAS COSAS, COMO CUANDO VAN AL CINE O AL TEATRO”.

A todo esto, ¿cómo viviste la noche del 26 de mayo cuando, realmente, perdiste las elecciones municipales? ¿Lo recuerdas como una pérdida? Sí, habíamos perdido el Ayuntamiento, así que sí, sin duda.

¿Tú te lo esperabas? No, la verdad es que tardé mucho en hacerme la idea, no me lo esperaba. Por la mañana, ese mismo día, todo el mundo me decía que íbamos fenomenal, que había cantidad de papeletas y tal… (lo recuerda) no sé, fue una sorpresa. Yo creía que íbamos a ganar. Aunque eso no significa que yo no hubiese contemplado la otra opción como hipótesis, pero no creía que fuera a pasar. Y entonces, nada, lo vi como una cosa que se había acabado. Tampoco le di mayor trascendencia… pues por lo mismo que cuando me marchaba de un juzgado a otro: acaba un periodo tuyo en el que has estado trabajando en algo, y ya está, ahora estás en otra cosa. Poco más. Lo que pasa es que luego, y eso sí que es verdad, lo viví con mucha pena por no poder continuar muchas de las cosas que estaban haciéndose. Y eso me sigue pasando ahora (se acuerda del último email). Mira, hoy me han mandado un correo en el que dicen que han quitado los proyectos que nosotros teníamos para combatir la soledad no deseada; es normal que me dé pena, porque me parece que eran pasos importantes que la sociedad necesitaba. A mí me hubiera gustado decir “oye, vamos a ver, vosotros gobernáis a partir de ahora, vale, pero sería razonable que a los que hubiéramos gobernado nos dejarais acabar lo que estábamos haciendo”. Ya sé que eso parece un disparate, pero sería lo lógico. En cualquier empresa con dos dedos de frente alguien te diría “pues oye, tú acabas los proyectos que tenías, te marchas de aquí, y los nuevos… pues van a hacer otros”. Eso, fíjate, dicho en palabras de política sería un escandalazo, porque en verdad tenemos una concepción de falta de sentido común de lo que es y debería ser la política.

En tu libro (A los que vienen, 2019) también había muchas cosas que nunca se esperaría de alguien que ha pasado por política, como esa carta de Carlos III, todavía adolescente, contándole a sus padres que ya se había tirado a la reina María Amalia de Sajonia. Ahí subrayabas la importancia de entender a los personajes de la historia como personas “que disfrutaron o padecieron, como nos pasa a todos”. Claro, pero es que la historia, y siempre lo he visto así, habría que estudiarla como la historia de la humanidad, no como la de los acontecimientos. Y, fíjate, realmente creo que una cosa importantísima del ser humano es la sexualidad, y sigue siendo un tabú a todos los niveles. Es una cosa con la que la gente sonríe, hace bromas, hace burlas, pero de la que no se habla con tranquilidad, con diversión ¿no? Entonces, qué mejor manera de llamar la atención de unos adolescentes en el instituto que coger esa carta y ponérsela encima de la mesa, sacarla y preguntarles qué opinan (en la carta, recién casado, Carlos III detallaba cómo transcurrió la primera vez con su esposa de 13 años, en el verano de 1738: “Empecé y, al cabo de un cuarto de hora, la rompí. En esta ocasión no pudimos derramar ninguno de los dos (…). Solo diré que me corría el sudor como una fuente, pero que desde entonces ya no he sudado”). Porque, si te lees la carta de arriba abajo, es una visión masculina, es cierto; la reina María Amalia de Sajonia no tenía ni siquiera la regla, o sea, que es muy fuerte (“según todas las apariencias, no tardará en tenerla, porque empezó hace ya cuatro noches a dejar algunas manchas de esa materia que dicen que precede a lo de tener el periodo; lo cual espero en Dios, en la Virgen y en San Antonio”). Pero, al mismo tiempo, cómo lo vive él, cómo lo cuenta. La carta no puede ser más sincera. Y a mí me parecía que todo eso daba unas posibilidades enormes de dar una clase de historia que a nadie jamás se le olvidara, y, a su vez, empezar a hacer un debate interesantísimo sobre la sexualidad ¿sabes? No sé, es tan bonito el que se pueda hablar con sinceridad y sin tópicos de todo esto… Ya te digo, un investigador de la Universidad de Extremadura me mandó un día un artículo mío que yo presenté, vamos, que lo planteé antes de la Constitución, en el 68 o así. Iba sobre el divorcio, y este chico me mandó lo que la censura me había cortado, que era la parte en que yo decía que la sexualidad era un elemento determinante para el ser humano. Ahora seguimos con las mismas. Vivimos en una estructura en la que nos han, absolutamente, amputado un aspecto importantísimo. Y luego nos sorprende el que haya tantos problemas de comunicación en las parejas, o el que haya tantas broncas, o el que odiemos a nuestros ex. Porque nos han amputado. No nos han educado en el mundo del sexo, la felicidad… yo qué sé, en todas esas cosas que deberíamos estar tratándolas desde que entramos al colegio.