El mundo necesita historiadores que nos expliquen por qué vestimos como vestimos. Y ya de paso, que nos recuerden que un diseñador español sí supo conquistar París

FOTOGRAFÍA: ALEX CASCALLANA

Viendo el compromiso con que Igor Uria (Vitoria, 1972) conserva la colección de Balenciaga, a nadie se le ocurriría citarlo en el restaurante de diseño de un centro de arte contemporáneo. “Puede que esta sea la señal más obvia de la dirección que están tomando los museos”, asegura mientras analiza a los turistas zamparse un brunch continental. “¿No lo ves? Cada vez se parecen más a centros comerciales: das una vuelta por las exposiciones, compras algún souvenir y luego acabas la visita en el restaurante de turno”. Casi siempre, con selfie incluido. Una cosa queda clara: aunque este restaurador de tejidos no quiera dar la impresión de apocalíptico, hay un descontento que no puede ocultar, y es el afán de la cultura por engullir a las masas a cualquier precio. Después de los preliminares admite, además, que tampoco le atraen las exposiciones monumentales, las que dicen hacer historia incluso antes de haberse inaugurado. Prefiere no citarlas. “Tanta floritura, por muy impresionante que sea, desvía la mirada del público y le impide centrarse en lo esencial”. Pero todas estas críticas tienen una razón de ser. En 2017, el diseñador español más prolífico de la historia vuelve a aparecer en las revistas que detestan lo antiguo. Hace justo cien años que Cristóbal Balenciaga abrió su primer taller en Getaria, y de la noche a la mañana, los museos de referencia en Londres y París se han hecho eco de la aportación del vasco. “Parece que haga falta un aniversario para que el mundo se acuerde de él, pero en el Museo Balenciaga trabajamos su legado los 365 días del año. Y míranos, nunca somos noticia”.

¿Qué es lo que no nos han contado de la ropa que cuesta más de tres cifras? Cuando hablas de Alta Costura te crees que todo es de materiales nobles. Cuando ves unas lentejuelas doradas no piensas que es oro, pero sí al menos que están bañadas en oro, y no, no tiene por qué. Por ejemplo, para mí fue un choque ver que en los bordados había ciertos materiales como el plástico. Hoy en día su uso está normalizado, pero en aquellos años era una revolución, como para nosotros un tejido tecnológico ahora. El plástico era un material que supuestamente se arrugaba menos, que tenía propiedades que no conseguían los otros. Fue una maravilla, pero claro, cuando llegas como restaurador de tejidos, que te has pasado la vida mirando cosas del XVI y del XVII, entiendes el tejido desde una calidad diferente ¿no? Y entonces te das cuenta de que la Alta Costura es el efecto, es el show, que no tiene que ver con la calidad. Bueno, sí que es calidad, pero solo en ciertos detalles.

Una vez comparaste tu trabajo con las jóvenes que se sienten orgullosas de heredar y conservar los bolsos de sus abuelas. Y del mismo modo que esa práctica está desapareciendo, cada vez es menos frecuente coincidir con un conservador de colecciones. ¿Debería sentirme un privilegiado? No creo que sea un privilegio. Yo no soy nadie; al fin y al cabo estoy ahí para asegurar que el legado que nos confía la gente llegue a generaciones futuras. Yo simplemente soy un instrumento. Pero sí que es verdad que cada vez más hay una necesidad de mostrarse y no del cuidado, que a mí eso es lo que muchas veces más me duele, porque nosotros trabajamos en un museo y nuestra cultura es la de conservar. Conservar para divulgar. A mí en las reuniones siempre me dicen “es que tú lo personalizas mucho”, y yo les pregunto “¿quién es la persona a la que más quieren? ¿Su madre? ¿Qué edad tiene? ¿Setenta? ¿Le dejarían que fuese a un evento con tacones de doce centímetros si tuviese problemas en las rodillas?”. En indumentaria, o en cualquier museo, es lo mismo. Cuando hablas de conservar, la gente no entiende que la luz afecta. Pero cuando tú expones algo, no lo expones para una hora, porque eso sería una rueda de prensa o un evento; tú lo expones durante un tiempo, y la luz es acumulativa. Si nosotros mismos ya tenemos problemas con nuestra piel, entonces apliquemos el cuento al tejido, que además no hay manera de protegerlo más que editando los daños, porque no hay una capa protectora que le podamos dar sin que salga afectado. Y todo eso para mí es como, quizás, como convertirlo en una persona ¿no? Y creo que es una manera de que todos entendamos mucho mejor la conservación del patrimonio. ¿Por qué si tú te cuidas vas a maltratar algo que has heredado?

¿Recuerdas la primera vez que viste algo hecho por Balenciaga? Sí, lo vi en mi casa. Era una capa de una pianista de Vitoria que entonces vivía en Madrid. Una capa granate. Yo la veía y decía “qué buen corte, qué simplicidad”. Llevaba la etiqueta de EISA. Y mira, la señora, después de muchos años, cuando ella ya iba en silla de ruedas, todavía la conservaba. Ahora, en la sociedad en la que vivimos, siempre nos quedamos con el tema de las celebrities, y te preguntas “¿pero todo el mundo se cree que Balenciaga solo vivía de celebrities?”. En Madrid había gente importante, pero también había muchas señoras de profesiones liberales, o esposas de abogados, que no iban de constante, pero en ocasiones especiales, o para la boda de su hija, posiblemente sí fueran de Balenciaga, aunque fuera una inversión importante la que tuvieran que hacer. Y cuando no podían, iban a su modista y le decían “cópiame esto que es muy Balenciaga”. En la fundación nosotros hemos llegado a admitir piezas que son copias, porque sé que las han hecho costureras de la casa fuera de su jornada de trabajo. Y eso me sirve para comparar, para ver cómo eran las copias de alguien que se pasaba ocho horas al día cosiendo en el taller.

¿Había muchas diferencias? No te creas. Los vestidos se cosían prácticamente igual. Otra cosa es que el género no fuese el mismo.

Resuélveme una duda. ¿Por qué los españoles saben quién es Picasso o Dalí pero casi nunca han escuchado hablar de Balenciaga? ¿Por qué las obras de los pintores aparecen en el temario de historia del arte de los institutos y la ropa que hizo el diseñador no? Creo que es una cultura muy vinculada a España. ¿Por qué los franceses, hasta hace quince o veinte años, decían que Balenciaga era francés? Sí, es cierto que era una marca francesa, pero él no lo era. Lo que pasa es que allí el gobierno ha apoyado muchísimo todo el negocio de la moda. Por eso te comentaba lo de las copias: para mí son importantes porque hablan de un momento del negocio, porque esto es un negocio, no nos engañemos. Y aquí hay mucha gente que vive, que se saca su sueldo de estar trabajando en el entorno. Entonces, ¿por qué lo vamos a entender como algo frívolo? Hay una maquinaria que está funcionado en todo esto. En España, la moda nunca ha tenido ese carácter. La moda es moda, y como tal es pasajera, y eso se ha trasladado socialmente a todo el mundo. Mientras que en París hay subastas, se venden Hermès antiguos y los que los tienen los atesoran, aquí cuesta encontrar una subasta en la que se venda de verdad. Vale, puedo entender que haya menos Hermès, pero habrá un montón de Loewes. Y Loewe era importante para nosotros, pero ahora que lo ha absorbido un conglomerado nos parece lo más. Entonces te planteas lo siguiente: tenemos los mismos productos que antes, pero no los sabemos valorar hasta que viene alguien de fuera, lo compra y lo mete en su conglomerado. A partir de ahí es cuando empezamos a apreciarlo. Y por esa misma razón creo que Balenciaga ha sido un desconocido. Y creo, esto ya es una cuestión histórica de la casa, creo que una vez fallecido Balenciaga, ese periodo hasta Ghesquière, un poco indeterminado, era muy malo. Incluso con todo el tema de las licencias; el hecho de que hubiera Balenciaga para El Corte Inglés le quitó muchísimo valor, que no digo que no lo tuviese, pero todos empezamos a pensar que la Alta Costura había llegado a su nivel más bajo.

Un dato que yo mismo saqué en 2016: el viernes 12 de agosto la entrada al Museo Balenciaga estaba vacía, mientras que el siguiente viernes, el 19 de agosto, cientos de turistas hacían cola en Figueres para entrar al Teatro-Museo Dalí. ¿El diseñador hubiera tenido más repercusión si su legado hubiese estado en manos del marketing nacionalista catalán? No lo sé, no te lo puedo decir. Quizás el nacimiento de nuestro museo, haciendo una búsqueda en hemeroteca, haya sido un parto muy difícil. Y esto sí que ha generado una imagen un poco negativa, sí que ha repercutido, porque al final todos nos quedamos con una primera impresión. Los negocios son relaciones, eso lo aprendí hace mucho, y si tú no te llevas bien con alguien, esa persona no confiará en ti, con lo cual el negocio será impracticable. Y para mí es importante que en el museo volvamos a ganar la confianza de los demás. No sé si es un marketing catalán o vasco. También es cierto que mucha gente nos dice que no somos muy mediáticos, pero yo pienso “bueno, pues creo que llevamos el legado Balenciaga hasta en eso”. Ya sé que no estamos en la misma época ni a su mismo nivel. El plantearse “yo no quiero saber nada de los medios”, como él hizo en París, es increíble, sí, pero nosotros no podemos permitírnoslo.

Pero cuando llegó a París sí que utilizó a los medios, fue una vez posicionado cuando los dejó de lado. Tampoco utilizó tanto a los medios. En los años cuarenta hay gente que dice que la invisibilidad de Balenciaga viene dada después del New Look de Christian Dior, y no, mucho antes ya le llamaban el hombre invisible. ¿Por qué? Pues porque realmente ocurría lo mismo que ahora. Hay que saber quién lo hace, quién es y hay que poner caras. Hay una necesidad humana de saber quién está detrás de esto o aquello. Y él tenía muy claro que no iba a enseñar nada de su persona. A la prensa le decía “ustedes no vienen por mí, vienen por mis creaciones”. Y yo creo que, bueno, nosotros seguimos un poco esa misma línea.

En toda biografía de Balenciaga se reconocen detalles que ahora creemos contemporáneos, como utilizar materiales sintéticos. Parece que la moda actual se dedica más a rescatar que a introducir novedades, desde mi punto de vista. No te equivoques, él no fue el primero en utilizar materiales sintéticos. El rayón empieza en los años treinta con mucha potencia, y luego aparecen las licras y lo que hoy entendemos por la marca DuPont. Y fíjate, el primero que admite todo esto dentro de una colección es Givenchy. Pero encontrarse en París hace que haya una serie de proveedores que te estén dando lo último de lo último. A veces nos preguntan si Balenciaga hubiese tenido el mismo éxito si se hubiese quedado en España, y la verdad es que no, porque aunque hubiera hecho un imperio muy grande, ¿dónde se estaba gestando la moda en aquel momento? Es decir, el estar en París, siempre se ha dicho, hizo que tuvieses todo a tu disposición, a tu mano. Lo tenías todo para crear, y eso ayuda muchísimo. Pero no sé, todavía le estoy dando vueltas a lo del marketing catalán. No me lo esperaba (se ríe).

¿Qué hace falta para que haya un nuevo Balenciaga? ¿Un diseñador español que se vaya a París y destaque? No tiene por qué ser un nuevo Balenciaga (piensa en una respuesta más convincente). Es complicado, ya no solo es creatividad. Te lo decía antes: esto es un negocio. Entonces, establecerse en París conlleva muchas cosas. Ser considerado Alta Costura es otro estatus. Al final la Chambre Syndicale de la Haute Couture, la misma palabra lo dice, es una cámara sindical, es un colegio, y para estar dentro hay que cumplir unas normas. Piensa una cosa: ¿la Alta Costura sería el referente de un diseñador joven, español, que fuera ahora a París o a un entorno donde la moda se esté moviendo? En aquellos momentos todo venía de París y el único referente era la Alta Costura. Hoy en día, la Alta Costura sigue siendo Altura Costura, ¿pero todavía es un referente? Está claro que no. Y vale, es cierto que nos gustaría que hubiera un español allí, sí, ¿pero eso quiere decir que trabajaría mejor, que sería más estético, que llegaría más a la calle? Tengo mis dudas.

En 2017 muchas revistas, museos y galerías están dedicándole una retrospectiva a Balenciaga. ¿Volverá a ser noticia cuando acabe este boom? Balenciaga siempre es noticia, eso es cierto. ¿Después de este boom? Todo depende de lo que se quiera contar. Todo el mundo habla de que este año se cumplen 100 años de su primera tienda y 80 de su llegada a París. Pero hay más cosas que celebrar. En el 27 él abre su tercer negocio, que se llama como su madre, Martina. Y en el 47 nos está presentando una silueta que es la antítesis de Dior, pero lo que presenta Dior ya lo has podido ver antes de la guerra, por Balenciaga y otros diseñadores. Es decir, Dior absorbe muy bien las ideas, no le quito ningún valor posterior, pero en ese momento creo que solo es un ilustrador y que hay un imperio detrás, que es Marcel Boussac, que le apoya y le hace la marca, que le dice “usted dibuje y nosotros producimos”. Y eso es éxito, ¿pero hoy sería éxito? No lo sé.