De todas las opciones que tenemos para mejorar la sociedad, la arquitectura es la única que saca sobresaliente

FOTOGRAFÍA: STEFAN RUIZ

El que se ha sentado a charlar con la mujer de la foto de arriba no tiene ni idea de arquitectura. Avisados estáis, puristas del mundo. Y ni siquiera ha sabido disfrutar de sus cuatro años universitarios en una facultad de estilo brutalista. Dicho esto, le vais a perdonar que ahora intente hacer un boceto de lo que las calles y edificios cuentan de nosotros en 2017. Le va ayudar (menos mal) la arquitecta y curadora Eva Franch i Gilabert (Delta del Ebro, 1978). Ahí donde la veis, vestida como ninguna madre dejaría a sus hijos salir de casa, sabe de sobra lo que nos hace falta: una dosis de locura acompañada de rigor y precisión. Ese es el mejor consejo que le ha dado a sus alumnos, y a ella seguirlo no le ha venido nada mal, porque en 2014, cuando no llevaba ni cinco años en Nueva York, planteó una reforma drástica de las oficinas convencionales, y lo hizo además en un espacio tan reacio al cambio como es el pabellón de Estados Unidos en la Bienal de Venecia. “Aquello fue como el caballo de Troya; estábamos matando el concepto clásico y corporativo del espacio de trabajo en el que se fundamentan muchos de los valores del país”. Y con la misma sutileza de los griegos Eva dirige ahora Storefront for Art and Architecture, una plataforma que analiza todo lo que la arquitectura podría ser si dejase de perseguir la estética y consentir a la política. “A estas alturas ya te puedes imaginar la clase de arquitecta que soy. Yo no esperé a que alguien me diese un título, y mucho menos firmado por el Rey, para creerme lo que estoy haciendo aquí y ahora con mis ideas”.

Te voy a ser sincero: en el fondo, muy en el fondo, soy un arquitecto frustrado, y un odontólogo frustrado, y también un diseñador de moda frustrado. No estudié ninguna de las tres cosas porque me faltaba valor, pero me apasiona ver cómo se levanta un edificio de la nada, o alguien reordena una dentadura deforme, o de un metro de tela se monta una camisa. Y ahora apareces tú y dices en una entrevista que la arquitectura es una manera de ver el mundo, y que el arquitecto es un humanista que trabaja con un edificio, con un vestido o con una revista para entender la sociedad. Y claro, después de esto uno se queda en paz consigo mismo. ¿Podré llamarme arquitecto a partir de ahora? ¡Sí! Por supuesto. Una de las grandes ficciones de la contemporaneidad tiene que ver con las etiquetas ¿no? Y con la profesionalización del pensamiento. Y también con la cuestión de las responsabilidades civiles asociadas a las prácticas. Si la estructura gramatical de tu reportaje no se sostiene, no vas a matar a nadie ¿verdad? Pero si tu dentadura o un edificio se caen, va a haber consecuencias mucho más nocivas e inmediatas en la salud física. Entonces no quiero frivolizar lo que en realidad ese proceso de profesionalización implica, pero cuando uno intenta hablar del arquitecto como algo más que un productor de edificios de ladrillo, ves que muchos que tienen el título de arquitectura y que defienden las etiquetas, en realidad no son arquitectos. Y yo todavía no sé si tú eres un arquitecto o no, pero quizá sí que lo seas, y no necesitas haber estudiado arquitectura en ese sentido. La verdad es que, al fin y al cabo, defiendo lo que uno aprende estudiando de cerca el desarrollo del pensamiento arquitectónico a través de los siglos. Y vale que haya una especificidad en todo esto, pero estoy mucho más interesada en la arquitectura como una vía para entender las distintas formas de ser en el mundo, y de ahí que el texto de Heidegger, el de Construir, habitar, pensar, sea a veces uno de esos textos que nos ayudan a entender lo que significa ser un arquitecto a esa escala humanista que has mencionado antes.

Llevas siete años dirigiendo Storefront, un espacio que según tú no puede definirse. “No es una galería de arte, no es un centro educacional, ni tampoco una institución, pero a la vez puede ser todo eso”. ¿En qué quedamos, Eva? Es un espacio que está constantemente construyendo la idea de un límite, y esa idea de límite, o de lo posible, no tiene un nombre dentro de nuestras tipologías urbanas. Entonces, si me preguntas lo qué es Storefront, te diría que es un límite que redefine los espacios educacionales y culturales de la arquitectura y del arte contemporáneo. Pero si tú eres bueno en neologismos y te gusta producir nuevas palabras, piensa un poco y me envías una para que yo sea capaz de poner la etiqueta adecuada. De hecho, estoy muy interesada en la epistemología de la semiótica, es decir, en los espacios de conocimiento que las palabras producen. Y en la lengua inglesa, por ejemplo, hubo individuos como Shakespeare que crearon más de 1700 palabras. Claro, la palabra manager no existía hasta que él apareció, y ciertas palabras como love nacieron en el 1300, antes se hablaban de otros sentimientos. Y yo creo que en algún momento voy a encontrar una palabra que me defina Storefront, pero hoy por hoy todavía estamos en esa situación en la que nadie ha construido el vocabulario adecuado. Y casi sería una mezcla de pasión y saudade ¿no? Storefront siempre siente una melancolía por aquello que no ha sido pero que podría ser, aunque en verdad nunca será. También es un lugar extremadamente apasionado, en el sentido de que siempre busca producir nuevos vectores de deseo y de dirección, que van mucho más allá de los vectores a los que la sociedad nos impulsa. Ideas como success, por ejemplo. ¿Cómo se dice success en español? ¿Éxito, no? Pues eso, la idea del éxito, del éxito financiero o del éxito a nivel individual. Hay otras ideas que creo que son más importantes. Anoche tuvimos un evento aquí y hubo una frase de uno de los participantes que me encantó, que decía algo así como “under the paving stones, pipes”, que era una reapropiación de la frase del 68 en París “under the paving stones, the beach”. Pero ayer, debajo de los adoquines no había playa sino tuberías, especialmente en un momento político de Estados Unidos en que la retórica sobre infraestructuras y progreso está más presente que nunca. Y esas dos frases, para mí, hablan un poco de lo que Storefront es. Es un lugar donde la poesía se vuelve política, donde la arquitectura se vuelve arte y el arte se vuelve espacio. Y es en esa constante transformación o mutación de las estructuras dadas donde uno se siente un pelín más libre.

Pero cuando vas a Delta del Ebro seguro que tus padres te preguntan “oye, ¿qué es eso de Storefront?”, y me imagino que no les contarás lo que a mí. Bueno, de hecho es divertido, porque mi madre va a venir ahora por primera vez desde que soy directora. Y casualidades de la vida, el otro día tuvimos un evento y un chico se me acercó y me dijo “no sé si te acordarás, pero yo te visé uno de tus proyectos en el Colegio de Arquitectos de Barcelona”. Y me hizo muchísima gracia, porque de eso hace solo siete años, pero son muchos años en relación a todo lo que ha sucedido aquí (vuelve a pensar en su familia). Mi padre murió hace ya bastante tiempo, y mi madre siempre me pregunta “¿pero qué haces exactamente? Parece que estés todo el día de fiesta, de evento en evento” (se ríe).

Se creerá que cierras los afters. Claro, porque mi madre me ha visto pasar todas esas noches sin dormir, haciendo dibujos y planos, y ahora ella piensa “no sé dónde está mi hija, la arquitecta que se pasaba las noches leyendo, que tenía que forzarla para que parase y se fuese a la cama”. Pero todo sigue en el mismo sitio, solo que de una forma distinta y más complicada. Entonces, claro, yo le digo a mi madre que no se preocupe, que volveré a hacer edificios, aunque lo que estoy haciendo aquí tiene consecuencias mucho mayores que la de estar dando clases o que la de producir viviendas u oficinas. Y también, que en ese rol que tengo ahora, que es de agitadora cultural y de facilitadora de ciertas ideas, tengo una influencia y una responsabilidad en nuestra generación que son preciosas.

Realmente esa ambigüedad de Storefront la estamos viendo cada vez más en otros ámbitos. En la juventud por ejemplo; muchos adolescentes ya no quieren definirse como hombre o mujer, y algunos países incluso han eliminado el género en el DNI. También ocurre en los museos, donde se nos provoca con objetos cotidianos para que nos preguntemos qué es arte y qué no. Y mi duda es: ¿puede que la ambigüedad pise fuerte en la arquitectura, que haya más espacios ambiguos como Storefront? La cuestión de la fluidez a nivel de etiquetas y de identidades es algo muy contemporáneo. La arquitectura, históricamente, siempre ha estado en el lado del poder y de la economía, pero ¿cómo habla la arquitectura de otros conceptos que no están representados dentro de las estructuras de poder? Ahí es donde las estrategias de subterfugio y de caballos troyanos entran, y eso es muy difícil de producir como arquitecto, primero porque no te educan a pensar en esta estrategia casi terrorista, si alguien lo quiere llamar así, o anarquista. Pero también, en segundo lugar, porque la financiación de los proyectos y de las ciudades todavía sigue esa estructura piramidal que las revoluciones sociales quieren romper. Entonces, desde Storefront, lo que estamos intentando es cambiar la forma en que producimos arquitectura, y eso implica una revolución a nivel financiero. Recordemos cómo Kickstarter revolucionó la manera en que ciertos proyectos ocurren. ¿Qué pasa cuando queremos hacer un proyecto de vivienda, o de espacio público, o de ciudad, que tiene el soporte de individuos de muchas partes del mundo que no necesariamente viven ahí? Y la respuesta es que hay grandes problemas dentro de esa fluidez. Hay códigos legales que impiden que eso suceda, porque en realidad un constructor no entrará en acuerdo con un arquitecto si éste no tiene un seguro o un reconocimiento legal dentro de un colegio. Pero también, para que un arquitectura fluida exista, debe haber estructuras de generación de pensamiento que lo permitan, y no estamos ahí todavía. ¿Cómo es posible que haya más espacios como Storefront en otras ciudades y en otros países? Lo que estamos intentando desde aquí es, no escalar, pero sí plantearnos cómo ayudar y empoderar a alguien que en Madrid o en cualquier otro sitio quiera abrir un Storefront. Y ahí es donde entra un proyecto que estamos desarrollando, que se llama World Wide Storefront, que lo que quiere es construir una red mundial de individuos y colectivos que trabajan con proyectos alternativos dentro de sus comunidades. Y quizás a un largo plazo podamos entender esos nuevos espacios como espacios más permanentes, que esa cultura de la alteridad se pueda producir de una forma más constante.

¿Y qué hay del espacio público? Porque está claro que ha sufrido una privatización absoluta, al menos en España, en Madrid. ¿Queda alguna posibilidad de que se reconfigure el espacio “de todos”? O mejor aún, ¿cómo te gustaría que se rediseñase esa plaza tan mítica de Nueva York llena de frikis y pantallas? Se me ha olvidado el nombre, no me lo tengas en cuenta. ¿Times Square? (Se ríe). Times Square as a public space. I mean, eso es interesante, porque cuando llegué a Nueva York hace seis años, el director del New York Times Square Design Alliance era Glenn Weiss, que de hecho las facturas de la luz de Storefront todavía van a su nombre, porque él fue una de las figuras importantes en los años fundacionales de la institución. Y me acuerdo que estuvimos en un evento, era una conferencia en Cooper Union, y él dijo que Times Square era uno de los espacios públicos más importantes del mundo, y fue como excuse me? (se ríe). Obviamente, para mí, Times Square no tiene nada de público, es decir, ir allí a las cuatro de la tarde en un día soleado es una tortura, porque está lleno de turistas y de imágenes icónicas que van desde el cowboy hasta el militar o el muñeco de Barrio Sésamo. Pero lo más asfixiante de todo es que la información que recibes es de marcas que están intentando venderte un producto y una forma de vida, y una estética y una belleza, y al fin y al cabo hay un interés económico detrás de ese proyecto. Es casi como un espacio sacado de La naranja mecánica, al que entras y sales convertido en un consumidor nato. Pero me encanta a veces pasar a las cuatro de la madrugada, con el tiempo de la soledad, cuando hay menos gente, y leer los mensajes, mirar las caras y las bellezas. Y lo bonito de Times Square es que al menos encuentras lo que normalmente uno encuentra en los billboards o en las revistas, pero de una forma muy concentrada, entonces uno puede hacer una radiografía transversal casi de las peores cosas que nos están sucediendo a nivel visual-consumista. Pero volviendo al tema del espacio público, ¿qué es aquello que necesitamos y que no tenemos en la esfera pública? Lo creo que nos hace falta son espacios de reflexión, de conversación, espacios de charlas sin gritos, de discusiones sin pretensiones, y a veces esos espacios no son públicos, a veces son muy privados. A veces son salones, son casas, son instituciones. La semana pasada estábamos hablando de que en Mongolia el espacio privado es el espacio público, donde toda la familia se reúne y discute. De hecho, para besar a alguien o para… para entregarse, siempre se van al campo, e irse al campo significa irse al espacio privado. Entonces, para mí, no es tanto una definición del espacio, porque eso es una batalla que, sí, hemos perdido: el espacio público per se ha sido militarizado, controlado, grabado, capitalizado, pero el espacio privado, el del discurso, todavía tiene mucho poder.

Lo más seguro es que en Storefront ya hayáis hablado del terrorismo internacional. ¿Afectará la violencia a la construcción de los espacios públicos? No es un tema que hayamos abordado de forma directa. Pero sí, yo creo que la resilience, the hability to go back, la habilidad de volver a un lugar donde uno se encuentra en un estado de libertad y normalidad, la resistencia, es esencial en este sentido. Y en España la violencia ejercida a través del terrorismo la hemos vivido muchísimas veces, pero uno siempre vuelve. Y es siempre esa valentía del espacio colectivo, de decir “no, no nos asustarán, no nos moverán”, la que hace que no me preocupe. No por ahora ¿sabes? Ha habido muchas formas de terrorismo que han intentado disuadirnos de nuestra ocupación del espacio público, y en Madrid lo sabéis muy bien, pero la presión social insiste, y se transforma, y se redefine. Entonces quiero pensar que los problemas a nivel geopolítico y global no van a afectar a los ciudadanos. Puede afectar el turismo, los hoteles, esas ideas, pero lo que es el espíritu y la calidad intrínseca de la ciudadanía, creo que el terrorismo no puede cambiarla.

No hace mucho organizasteis una charla sobre smartcities, un modelo de ciudad que no se ha entendido por igual en todo el mundo. De hecho, en España todavía hay quienes creen que una smartcity  consiste en disponer de bicis comunitarias y wifi gratis en los parques. Pero intuyo que los tiros no van por ahí. Aclárame esto: ¿qué es lo que hace que una ciudad sea inteligente? Bueno, tendrías que haber estado en la charla, porque cuando se habla de smartcities uno empieza por eso y luego continúa con las emisiones, la sostenibilidad, la eficiencia, el transporte, la seguridad y todas esas palabras que los políticos obviamente recrean en sus programas. Pero la pregunta clave es para quién es esa inteligencia. Y el problema que tenemos hoy en día es que nadie va a estar en contra de una smartcity, porque el branding es tan eficiente, es tan fantástico… ¿Pero qué pasa cuando de repente la eficiencia de nuestros días se convierte en una fábrica contemporánea de producción de capital? ¿Y qué pasa cuando en nombre de esa inteligencia lo que se produce es una serie de servicios que uno ni quería ni sabía que acabaría queriendo? El branding está construyendo lo que uno va a querer la semana que viene, y ese es el próximo vector de deseo. Y en realidad esa producción de deseo va a beneficiar económicamente a ciertas compañías que fueron las primeras, de hecho, en buscar al político o al constructor para decirles “lo que tú quieres es lo que yo fabrico”. El problema de las smartcities es que tienes industrias como Cisco o grandes compañías de telecomunicaciones que te dicen “mira, vamos a venderte unos sensores que te van a calcular cuánta gente quiere coger el autobús y te van a optimizar el servicio”, cuando en realidad lo que puedes producir es una app de ciudadanía a la que todo el mundo pueda acceder y que además genere esa información sin que haya un sistema que beneficie a una multinacional. Entonces, claro, la conversación es múltiple, porque la inteligencia no solo tiene que ver con la optimización, también es la producción de placer, de nuevos encuentros, el utilizar la tecnología para conocernos mejor y para empoderarnos los unos a los otros, y no solo para servir a las estructuras y a las formas de operar que ya existen.

Norman Foster le dijo una vez a Iñaki Gabilondo que el arquitecto tenía que ser optimista, porque estaba proyectando para el futuro. Pero la realidad, o al menos así lo veo yo, es que solo los grandes arquitectos pueden disfrutar de este lujo. Y lo mismo con los diseñadores de moda: ¿quién puede permitirse hacer los patrones del cuerpo que tendremos en 2027? Y no hablo de una cuestión de potencial, sino de dinero. La mayoría tiene que trabajar a corto plazo para rentabilizar sus proyectos y colecciones. Hay una frase que yo siempre digo, que la aprendí… creo que es la primera cosa que aprendí como adulta. Tenía 14 años y en clase nos enseñaron que si metías un poco de agua, solo una gota, en ciertas sustancias químicas, producías una explosión. Y eso me hizo entender el mundo de una forma muy distinta, porque para mí el vaso nunca está ni medio lleno ni medio vacío, lo que tengo es agua para jugar. Y en ese juego lo importante es saber qué herramientas de diseño y de proyección uno tiene (piensa en mi pregunta). Pero la capacidad de visionarismo de un arquitecto es relativa. ¿Dónde entra la posibilidad de un arquitecto de imaginar la ciudad del futuro? A veces nos sentimos impotentes frente a los constructores o los políticos. Por ejemplo, cuando te piden un museo y sabes que quizá esa no es la mejor respuesta a lo que la sociedad necesita, porque en realidad es una respuesta a una efervescente obsesión por acumular objetos estéticos llamados ‘arte’. Entonces, sí, obviamente el arquitecto tiene que ser optimista, no le queda otra. Pero de la misma forma que hay una estética del intelectualismo, también hay una estética del visionarismo. Queda muy bien políticamente hablar de ciudades sostenibles como lo hace Norman Foster, pero cuando haces eso en un lugar que es extremadamente insostenible en cuestiones humanas, pues hay que considerar si lo que te planteas es un poco hipócrita ¿no? Construir una ciudad a través de energía humana, casi con estructuras de labor esclavistas, que es lo que está sucediendo en muchas partes de Oriente Medio, chirría un poco si luego te pones a hablar de sostenibilidad a nivel energético como la salvación del planeta. Entonces, una de las iniciativas que empezamos en la Bienal de Venecia, como parte del proyecto OfficeUS, es intentar también producir estándares éticos de sostenibilidad humana. El arquitecto tiene que saber cuántas horas van a viajar los trabajadores que construirán su proyecto, y si vienen de otro país, él también es responsable de construir los edificios y las residencias donde esos trabajadores vivirán. Y tiene que tener en cuenta a la gente de mantenimiento, y después, a largo plazo, la demolición del edificio. Hay que intentar pensar en la arquitectura como un ciclo que va más allá de ese momento fantástico de la inauguración y de la puesta en escena ¿no? Y estoy de acuerdo con Foster en que tenemos que ser optimistas, pero debemos también ampliar esa idea de optimismo y de visionarismo más allá de los clichés.

¿Y te has planteado alguna vez tocar el terreno moda? Te lo comento porque he estado viendo fotografías tuyas y he pensado “menuda personaje”. Seguro que podrías diseñar los estilismos de Lady Gaga o de cualquier invitado a la gala MET, y hazme caso, te los comprarían. ¿Vistes así siempre? Ojala. Me encantaría poder llevar cada día vestidos de esos (se ríe), lo que pasa es que la sociedad no está preparada todavía. Sería un agobio ¿no? Pero para mí es parte de la idea de belleza y de la invención. Todos esos vestidos los hago siempre con agujas imperdibles. Si veo una tela dorada que me gusta, se la llevo al artesano que sabe plisarla, la voy a buscar el día de antes de un evento y luego me pongo delante del espejo para ver qué puedo hacer con ella. La meto por aquí, la doblo por allá, y es algo muy espontáneo, que me da muchísima satisfacción. Pero me encantaría que todo el mundo lo hiciese, que todo el mundo le dedicase media hora al día en vez de buscar las tres piezas negras que sean del mismo negro, porque vestir de negro es de lo más difícil que hay en este mundo. ¿Cómo vas a llevar una chaqueta negra con pantalón negro y zapatos negros? ¡Seguramente serán tres negros distintos! Y el mismo tiempo que emplees en eso te lo puedes pasar creando algo. Pienso que el acto creativo tiene que estar más presente en nuestra sociedad, y no tanto el acto de repetición y de optimización. Yo siempre que tengo la oportunidad me hago mi propia ropa, lo que pasa es que a veces te encuentras con que no te queda tela en casa. En cada ciudad a la que voy intento siempre comprar nuevas telas, y si tengo tela y agujas imperdibles tengo un vestido, eso seguro. Ahora, yo no sé si alguien compraría lo que hago, porque para llevar un vestido con agujas imperdibles hace falta valentía, y más en el caso de que se te caiga (sonríe). Puede que algún día, who knows, me dedique al diseño de moda. Lo que nunca seré es odontóloga, vamos, eso lo tengo clarísimo.