La directora de la Architectural Association se muestra optimista desde Londres ante lo que ella considera una tragedia global. Y sus motivos tiene. Según esta catalana, en tiempos de cuarentena la tolerancia se ha subrayado casi tanto como la necesidad de practicar un diseño empático

ILUSTRACIÓN: PABLO DELCÁN

 

Con más de medio planeta encerrado en casa, compartiendo su confinamiento en Instagram y TikTok, una de las cuestiones que salta a la vista es si el espacio privado, el doméstico, se ha convertido hoy por hoy en el espacio público como tal.  De esos dos términos hablabas en la conversación que tuvimos hace ya casi tres años, antes de que te marcharas de Nueva York para dirigir la Architectural Association en Londres. Te leo lo que comentabas entonces: “¿Qué es aquello que necesitamos y que no tenemos en la esfera pública? Lo que creo que nos hace falta son espacios de reflexión, espacios de charlas sin gritos, de discusiones sin pretensiones, y a veces esos espacios no son públicos, a veces son muy privados. A veces son salones, son casas, son instituciones. La semana pasada estábamos hablando de que en Mongolia el espacio privado es el público, donde toda la familia se reúne y discute. De hecho, para besar a alguien o para… para entregarse, siempre se van al campo, e irse al campo significa irse al espacio privado. Entonces, para mí no es tanto una definición del espacio, porque eso es una batalla que, sí, hemos perdido; el espacio público per se  ha sido militarizado, controlado, grabado, capitalizado, pero el espacio privado, el del discurso, todavía tiene mucho poder”. ¿Sigues estando de acuerdo con eso que dijiste? (lo piensa) Yo creo que también estamos viviendo una época en que las dialécticas siempre son muy simplistas ¿no? Lo que pasa es que nos encanta simplificar las complejidades en nociones tipo dentro  y afuera, público  y privado… cuando, en realidad, siempre hay sutilezas dentro de cada una de estas categorías. Y lo que ocurre es que estamos abriendo nuestras casas a todo el mundo, es verdad; todo espacio doméstico ahora es un espacio público, si quieres, exactamente como te decía hace unos años que pasa en Mongolia. Pero la cuestión del espacio privado, y de dónde encontramos nuestro lugar de meditación y de reflexión, ese rincón de estar con uno mismo, es algo que ahora es más difícil que nunca. Llevamos ya un tiempo, yo creo que todos, hablando a gran escala de la importancia de parar, de no estar disponible las 24 horas del día, y ahora nos vemos teniendo que hacer esa transición personal en el comedor de nuestro piso. Justo en el momento de la historia en que uno puede ir con pantalones de pijama y las zapatillas de andar por casa mientras está dando un discurso a la nación (se ríe), o haciendo una reunión con treinta compañeros del trabajo. Ahora es cuando esas categorizaciones de lo que significa la esfera pública y la privada, que habían estado muy marcadas durante los últimos… no sé, podríamos decir incluso siglos, se han colapsado. Los niños están entrando y saliendo de las cámaras todo el rato, uno aparece cocinando por detrás, el otro diciendo “esperad, porque tengo que hacer esto o lo otro”… Nos hemos vuelto mucho más tolerantes, y a mí me parece que hay que valorarlo. Porque, realmente, esa dualidad que se había impuesto creo que, de hecho, era una estructura de control que nos venía a decir que uno tiene que comportarse y que ser distinto fuera y dentro de casa, y no hace falta. Es importante saber que uno tiene que ser privado en lo público, que uno siempre debe ser esa misma persona… con niños, con problemas y necesidades. Eso es lo que espero que cambie, no tanto que podamos trabajar desde casa sino que los espacios de trabajo puedan ser mucho más tolerantes en relación a esto.

Según me comentabas, Eva, en la Architectural Association estáis preparando unos foros online que ayudarán a profesores, alumnos y miembros de vuestra comunidad a repensar las implicaciones del Covid-19 (entre los temas está previsto hablar, por ejemplo, de hasta qué punto afectarán los nuevos estándares higiénicos a la relación táctil con los espacios físicos). Lo interesante del caso es que, además de los globales, habrá muchísimos debates distribuidos por ciudades. Lo cual es acertado teniendo en cuenta que ni Madrid está pasando por la misma situación, no sé, que Valencia o Salamanca, ni que encerrarse ha supuesto el mismo shock  para los países del sur de Europa que para Holanda o Dinamarca. Digamos que, aquí, una casa parece que solo sea ese espacio que te sirve principalmente para descansar del afuera. Claro, pero porque en España, en las culturas mediterráneas, tenemos una relación con el espacio exterior, por cuestiones climáticas, que nos ha construido a nosotros también como sujetos ¿no? Porque nosotros construimos una arquitectura y la arquitectura nos construye a nosotros.

Sí, pero esto te lo menciono porque esos pequeños localismos se ven incluso en el vocabulario. Mi profesor de inglés, que se crio en el norte de Inglaterra, dice que en castellano no tenemos ninguna palabra que defina lo que para ellos significa cosy. Pues mira, justo eso es de lo que hemos estado hablando en un proyecto que acabamos de hacer en la escuela, que se llama Architecture in Translation, y en el que nos preguntábamos qué palabras no son traducibles en las más de 40 lenguas que hablamos en la AA (este año, la institución cuenta con alumnos de más de 80 nacionalidades). Y ahí te das cuenta de que no es solo el concepto de cosy  o el de hygge  para los daneses, que también, sino que hay muchísimas más palabras que lo que en ellas encuentras es una condición social, cultural, una cuestión política, y muchísimas veces una cuestión espacial y arquitectónica. Ahí ves que el hecho de que el inglés se haya convertido en la lengua hegemónica de nuestra contemporaneidad, y sobre todo de la educación, está reduciendo la manera en que entendemos el espacio doméstico. Como la palabra zaguán, por ejemplo, que lo representa de una manera muy clara y que no la puedes traducir al inglés porque no existe; hay términos que no son traducibles porque, culturalmente, tampoco es que hayan sido necesarios. Y eso es muchísimo más radical cuando… yo no hablo suajili, pero dicen que en suajili no hay una palabra que haga referencia al espacio privado, no tienen ninguna (quizá, porque sus casas tradicionalmente han establecido distintos grados de intimidad en base a una estructura axial: cuanto más al fondo está una habitación –la última siempre corresponde al dormitorio de matrimonio-, menos miembros de la familia tienen acceso a ella). Ahora, ¿puede que esto cambie? Lo que está claro es que una tragedia global como la que estamos viviendo está exacerbando esas diferencias sociales y culturales que cada arquitectura ha construido. En Nueva York, sin ir más lejos, la idea del balcón no es que sea muy popular dentro de la construcción, pero el no tener hoy en día un espacio para salir a tomar el aire fresco, aunque sea de una cierta forma muy limitada, resulta verdaderamente cruel. Entonces, claro, yo sí creo que esto va a cambiar la manera en que entendemos los espacios de habitar, y que los pisos, apartamentos y oficinas con balcones, terrazas, con la posibilidad de salir, van a estar muy presentes en todas las arquitecturas que se vayan a construir en los años que vienen.

También habrá quien valore si de verdad merece la pena cerrar un balcón para ganarse un par de metros cuadrados más, que venía siendo una solución bastante común en las grandes ciudades. Sí, esto nos ayudará a replantear prioridades (le da más vueltas al tema). Es más, hasta ahora hemos tenido sitios para dormir, lugares donde comemos y conversamos, lugares para trabajar… pero empiezas a ver que la gente está transformando sus pasillos y habitaciones en otras cosas. Y ahí, de alguna manera, hay que practicar un ejercicio que para mí es muy interesante, que es preguntarse qué es aquello que también necesitaríamos y que todavía no tenemos. Antes te he mencionado lo de los espacios de meditación y silencio; hay muchísima gente que tiene realmente la necesidad de estar sola, y ese espacio para estar solo a veces se convierte o en el dormitorio, o en el baño, o en un armario mismo. La soledad es algo que hemos estado aislando de lo que consideramos los espacios necesarios, y lo estamos viendo ahora, en un momento en que nos han obligado a vivir una soledad forzada, pero que al mismo tiempo no hay espacios suficientes para encontrarse de manera íntima con uno mismo.

¿Crees que los arquitectos tomarán nota? Deberíamos. Yo creo que tenemos que desarrollar, sobre todo nosotros, algo que… algo sobre lo que ya escribí en la carta de principio de curso; pedí a los profesores y estudiantes, y a toda la comunidad de la AA, que intentásemos practicar lo que es la empatía radical. Ayer, de hecho, envié otro email  a toda la escuela diciéndoles lo poco que en septiembre sabíamos qué significaba esta empatía ¿no? Porque, a principios de año, todo hablaba de “tenemos que pensar sobre el clima, sobre los otros, y plantearnos, como arquitectos, cómo seremos capaces de construir y articular las voces de una sociedad que está pidiendo ciertas cosas”. La carta iba sobre cómo lo conseguimos, y no con la generosidad del “yo te lo voy a dar” sino desde la empatía de entender qué es lo que se necesita. Además, que ser un visionario radical tampoco es imponer una visión, nunca lo ha sido; es ser radical justo a través de esa empatía, que es una cualidad que no hemos estado fomentado lo suficiente, yo creo, dentro de los espacios educativos.

Me imagino que durante estos días habrás estado también muy en contacto con los tuyos. ¿Cómo lo llevan? Pues… digamos que mis amigos en el Delta del Ebro están cuestionando muchísimas tradiciones que tenían arraigadas; bajarte al bar de la esquina a tomarte el café de la mañana, el de la tarde… todas esas pequeñas costumbres que pensabas que no podías pasar un día sin ellas, de repente te das cuenta de que sí. Y ahora, pues bueno, simplemente las has cambiado por otras. Aunque lo fantástico es que, por ejemplo, el sábado pasado tuve el gran privilegio de que pude ir a cenar con todos ellos ¿no? Entonces, claro, nos estamos volviendo también mucho más tolerantes hacia gente que no estaba de forma presencial, que no era capaz siempre de estar ahí con el grupo; estamos aceptando muchísimo más a las personas que en su día decidieron irse por ciertas ideas a otros lugares.

Hay un periodista cultural en España que a principios de año, en una de sus columnas de opinión, se dirigía a los lectores diciéndoles “¿Os está gustando el siglo XXI? ¡A mí me encanta!”, y luego daba sus razones. Te hago la misma pregunta: ¿a ti te está gustando? Es que, a ver… yo siempre he dicho que no hay malas preguntas sino respuestas malas, pero creo que esta sí es una mala pregunta (se ríe), en el sentido de que la vida no es algo que te gusta o no te gusta. Esto es como esos restaurantes experimentales en los que tú no pides el menú y el camarero te lo va sirviendo y ya está, sino que uno va construyéndolo. Y lo que tenemos son opciones para, realmente, construir un mundo mejor. Fíjate, yo tengo un problema enorme y es que soy una optimista empedernida, y creo que cualquier tragedia, por dura que sea, y esta está siendo durísima para muchísima gente, siempre es una oportunidad de reinvención, de repensarnos de formas drásticas, de no olvidar por lo que hemos pasado y no volver a una cierta normalidad con los mismos ciclos, con las mismas prioridades y ansiedades, que es lo que espero que cambie (lo analiza). Entonces, volviendo a tu pregunta, yo no me cuestiono si el día de hoy o si esta conversación que estoy teniendo contigo me ha gustado o no. Estoy aprendiendo cosas, me estás haciendo pensar, después me diré a mí misma “bueno, era viernes por la noche, estaba muy cansada, quizá podría haber contestado de forma distinta a esta o aquella pregunta”, pero el hecho de que ya estemos entablando esta conversación es lo interesante para mí. Con lo cual, el siglo XXI es él, es el siglo XXI, no le voy a echar en cara que me sea distinto o peor o mejor que el XX, porque esa idea de juzgar de forma preconcebida lo que tenemos que vivir como seremos humanos… eso es impensable.

 

*La ilustración corre a cargo del diseñador menorquín Pablo Delcán. Con su estudio Delcan & Company (la cuarentena le ha pillado mudándose a una oficina en Gowanus, Brooklyn) trabaja para clientes como The New York Times, Le Monde, Barron’s o Time Magazine. Hasta la fecha ha ideado las portadas de casi 30 libros, además de animar los títulos de crédito de la serie Killing Eve. Parece que lo de tener tiempo libre a este treintañero no le va mucho: desde 2015 Pablo también da clases en la School of Visual Arts.