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No le cuente a nadie lo que le voy a contar. Ni se le ocurra publicarlo en Facebook. Que esto quede, por favor, entre usted y yo ¿de acuerdo? Lo que le contaré ahora es de ese tipo de cosas que uno elige contar tomando un gin tonic  en un bar de mala muerte. Con música vintage  pero deprimente. Y poca luz, muy poca luz. Hágase una idea de la catástrofe que tengo pensado contarle. Es tan terrible que, cuando empiece mi discurso, cruzará las piernas y pondrá la oreja para no perderse mínimo detalle. Me mirará con ojos ojipláticos, haciendo como que le importa mi situación de verdad, aunque en el fondo se alegrará de estar escuchando un dramón de tal envergadura. No se lo reprocho; le entiendo perfectamente. Cualquiera haría lo mismo en su situación, sobre todo si tenemos en cuenta que no habrá en la faz de la tierra suficientes programas de Telecinco (y Ofelias de Shakespeare) para sostener lo que le voy a contar. Y eso ocurre muy pocas veces en la vida de alguien normal como usted y yo, así que aproveche todo lo que pueda. Vale, quizás exagero un poco. Pero después de que se lo cuente me cogerá de la mano, o me abrazará, y me dará palmaditas en la espalda. Y yo pediré el gin tonic  número dos para olvidar las penas, pero lo único que conseguiré es agravar el relato de mi tragedia que ahora mismo le contaré, cuando el camarero termine de una vez por todas de prepararme el gin tonic  número uno. Y después del gin tonic  número dos, usted, con la piel de gallina, pensará en una de esas frases de “inserte aquí para reanimar a alguien que está pasando por una crisis chunga”, y me la soltará. Y añadirá un “de esta saldrás” o un “tú vales mucho” o también un “no me puedo creer que hayas vivido esto tan heavy  que me acabas de contar”. Y yo, entre sollozos, iré a por el gin tonic  número tres y empezaré a confundir a la gente del bar con personajes que han pasado por mi vida y que luego me hubiera gustado encontrármelos por la calle. A solas. Al hombre ese de 50 años que se cree el mejor jugando al billar con veinteañeros, por ejemplo, le reprocharé mis años de universidad. Quién eras tú para decirnos una y otra vez que no íbamos a ser nada en la vida, le preguntaré. Y cuando la tía aquella que parece la dueña del local abra la caja registradora y cuente el dinero que ha ganado sirviendo alcohol de garrafone, sin importarle el mañana de sus clientes más fieles, me levantaré de la mesa en la que te voy a contar eso tan gordo y me acercaré a su posición. “Ahora entiendo que en aquella entrevista de trabajo para tu revista de moda me hablaras de influencers, publicidad y tráfico, pero no mencionaras ni una sola vez las necesidades de tus lectores. Supongo que esas no financian tus vacaciones en Ibiza, por mucho que digas qué mal va tu negocio”. Y cuando me pida el gin tonic  número cuatro y me sepa a todos aquellos gin tonics  que me han puesto en los últimos 24 años de vida, le hablaré con sinceridad al camarero. “Qué fácil es seguir un modelo de fábrica ¿verdad?”. Seguro que entonces unos godzillas con vestiditos negros (sin casco ni porra, porque su mayor defensa es un trabajo de por vida) me sacarán del bar a patadas. Como un perro. Usted tratará de defenderme, escribirá tuits, añadirá hashtags, pedirá arrodillado a los godzillas, al camarero, a la dueña del local y al cincuentón que juega al billar (en ese orden) que por favor vuelvan a meterme dentro. Y como será demasiado tarde, lo sé, miraré con melancolía la fachada de ese bar que ponen música vintage  pero deprimente, y que siempre anda con muy pocas luces. Y a partir de ese momento, solo a partir de ahí, usted comprenderá que ya no hace falta que le cuente todo lo que le tenía que contar.

Pablo Gandía