Cruzarse con un empresario que hable de diseño está complicado. Pero dar con uno que además sea profesor de filosofía, amante de los artesanos y buen conversador, es lo más parecido a ganar la lotería

FOTOGRAFÍA: ALEX CASCALLANA

Cuando los soldados de The best years of our lives  volvieron a casa después de la Segunda Guerra Mundial, muchos de ellos se sentían extranjeros en su propia familia. Desarraigados. Como si aquello que siempre les había pertenecido de repente se les escapara de las manos. Algo similar deben vivir ahora los Loewe cada vez que observan los escaparates de la que un día fue su firma. Y no es para menos: a finales de los 90 la vendieron al conglomerado de lujo LVMH, y desde 2013 el diseñador J.W. Anderson la ha posicionado en el pódium de las marcas más interesantes del prêt-à-porter global. Y también de las más rentables. Pero aceptar tanto cambio sin poder opinar, quedándose al margen de las decisiones, es una tarea que exige tiempo y paciencia, sobre todo si eres Enrique Loewe, y más aún si has librado batallas en los años 60 para que tu empresa no se limitase a confeccionar bolsos de piel. Dicho esto, a nadie le va a extrañar que después de nuestra charla él se dé una vuelta por la tienda insignia de la calle Serrano, le eche un vistazo a las prendas de otoño y con un tono irónico resuma su opinión: “mucho aire acondicionado y pocos clientes”. La sinceridad, en su justo equilibrio, nunca viene mal; al fin y al cabo es la única manera de avisar a tiempo.

Tengo la sensación de que tu vida, Enrique, ha estado llena de compromisos. Compromisos con una herencia familiar que te tocó dirigir en cierto momento, compromisos con el arte, con el diseño, con la artesanía. ¿Ha sido fácil asumir todas esas responsabilidades? Que por cierto, muchas te las adjudicaste tú mismo, siendo consciente de dónde te metías. No, ha sido muy difícil. Mira, para empezar, la gente se cree que hacer una fundación es reunirse un día a tomar unas cañas y decir “venga, ¡ya tenemos una fundación!”. Eso es complejo, y hace falta tener las ideas muy claras, saber lo que se quiere hacer. Nosotros queríamos apoyar básicamente la música, el diseño, la poesía, y bueno, a eso es a lo que nos hemos dedicado (vuelve a pensar en la pregunta). Loewe ha pasado por muchas historias también. De ser una empresa familiar en el año 96 a dejar de serlo poco a poco para continuar su trayectoria con Vuitton, porque ahora es una empresa del grupo Vuitton, aunque sigue teniendo la misma autonomía y entidad que antes. Esa es su política: no quitarle el alma a las empresas sino potenciársela. Y las 35 empresas que creo que están en la órbita planetaria del grupo, pues todas tienen su corazoncito, sus directores, y allí no hay ningún jefe de orquesta que diga “venga, ahora esta fuera, ahora esa dentro, ahora aquellas dos juntas”, sino que cada una lleva su proyecto adelante ¿no? Entonces, bueno, fácil no ha sido. Yo he tenido una vida profesional muy dura, o por lo menos a mí me lo parece. Pero tampoco diría que eso es para echarse a llorar.

Desde fuera puede que alguien piense, en cambio, que has tenido una situación privilegiada, porque no a todo el mundo le cae una empresa del cielo. Claro, no todo el mundo tiene esos antecedentes, y estoy de acuerdo. Pero te diré que yo no quise entrar en Loewe. Te diré que mi padre, que ha sido, en fin, uno de los grandes empresarios españoles, y que se ha muerto con 104 años, era un gigante en lo suyo y una persona con una enorme personalidad, y eso ya para empezar constituye una dificultad muy importante, porque los padres así lo que quieren es que sus hijos sean como ellos, y claro, ahí es cuando surgen los problemas. Mi padre era como un árbol muy grande y yo era un trebolillo colocado debajo de esa gran sombra. Y luego, Loewe no es una empresa fácil de dirigir. Competir en grado de excelencia en este país tan duro, tan a veces indiferente, cuesta mucho. Y hacer una expansión internacional que permita que Loewe hoy tenga 170 tiendas por el mundo, y sea una de las diez marcas más consideradas, por muchos privilegios que tengas, eso no es fácil. Pero te diría que yo no quería esa vida, que yo tenía la ilusión de ser diplomático, que me habría apasionado cualquier otra cosa que no tuviera ningún privilegio y que me hubiera permitido medirme, quizás, con más libertad. Pero la vida me obligó, las circunstancias me obligaron a seguir este camino. No me quedó otra.

Decía que su padre… Hace un minuto me llamabas de tú, ahora ya de usted. ¿Tan rápido envejezco?

Es que aquí todos te llaman Don Enrique, pero a mí se me da fatal tratar a alguien de usted. Enseguida se me ve el plumero. Pues tutéame.

Vale. Supongo que lo de ser empresario lo tuviste que aprender a la fuerza ¿no? Bueno, forma parte del privilegio la posibilidad de ser un empresario mio generis, es decir, a mi aire (sonríe). Y de ahí nace la idea de los equipos, la idea de la motivación, la idea de ser director de producto, la idea de la arquitectura de las tiendas, de los escaparates. O sea, he estado haciendo de empresario a medias. Probablemente, si yo hubiera sido el responsable de todo Loewe a lo largo de toda mi historia, aunque lo he sido durante varios años, pues a lo mejor no estaría aquí hoy.

¿Cambiarías alguna cosa? Intentaría cambiar de padre (se ríe). Intentaría haber acercado la moda a Loewe antes, intentaría acercarla de otra manera. Intentaría probablemente repetir la experiencia de Loewe en Nueva York, con la valentía y con la… fortaleza que vi que era necesaria para hacerlo ¿no? Nosotros tuvimos una tienda precisamente en la Trump Tower, en la Quinta Avenida, en la esquina de la 56. Una tienda espléndida, la primera tienda que tenía un ascensor interior; eso se estilaba en los hoteles de entonces, aunque los ascensores iban por fuera. Era una tienda fabulosa (se plantea si contar algo más de aquellos años). Quizás tengo que reconocer que no estábamos del todo preparados. La verdad es que nos tocó un casero que nos puso muy difícil la cosa, porque él no hacía más que, bueno, pues levantar monumentos a su gloria, pero a costa de todas las tiendas y de todo lo que había metido en la Trump Tower. Que fue una experiencia fabulosa, la verdad. Estuvimos allí nueve años, pero luego se complicaron las cosas. Cambió de sesenta a noventa la diferencia de la peseta y el dólar, y fue muy duro; Nueva York es una ciudad muy dura. Y cuando creíamos que estábamos muy contentos, venía Trump y nos pedía 300.000 dólares para sufragar los gastos de todas las fiestas que él daba en el Moll, en la Trump Tower. Él solo pensaba en darle al edificio prestigio y allure.

Y tuvisteis que cerrar, claro. La tienda la cerró Vuitton, yo habría aguantado un poquito más, si te soy sincero.

En una conferencia de hace un par de años, no recuerdo el sitio, te quedaste con las ganas de explicar por qué la moda nunca ha terminado de funcionar en España. ¿Quieres que retomemos el tema? ¿Tanto nos cuesta hacer bien las cosas? Puede que sea un misterio ¿no? Pero indudablemente yo creo que hay una responsabilidad. En principio porque durante mucho tiempo no nos hemos tomado la moda en serio y la hemos calificado de amarillista. En las facultades de ciencias de la información costaba mucho dar una charla sobre estas cosas, que nos aceptaran con seriedad los principios o las ideas o los ejemplos que nosotros poníamos. O que ponía un grupo de gente que hacía por ahí un cierto apostolado de la moda. También creo que hace veinte años, que es cuando tendríamos que haber empezado a trabajar en serio, había una falta de empresarios que creyesen en la moda, por las mismas razones anteriores, porque eso no tenía prestigio, no tenía credibilidad. Y entonces los diseñadores eran un poco hombres orquesta: ellos tenían que controlar la financiación, el estilismo, la distribución, la publicidad, ¡el diseño por supuesto! Todo lo querían hacer ellos, y además con un exceso de ego que es muy propio de los diseñadores, sin delegar mucho en un equipo, en otras personas. Si estos experimentos de Cibeles se hubieran hecho como creo que se hace un poco más ahora, con una visión y con una voluntad de equipo, creo que hubiera sido mucho más fructífero ¿no? Pero ellos eran “yo, yo y yo” y eso creo que es una enfermedad muy importante, el decir “nosotros no somos empresarios”. Los diseñadores tenían que haberse periferiado alrededor de una mentalidad empresarial y de un proyecto viable, cosa que no sabían ni lo que era. Yo he hablado con muchísimos diseñadores, he sido Presidente de Honor de la Asociación de Creadores de España, que presidió luego Jesús del Pozo y ahora Lomba, y allí tratábamos un poco todos estos problemas, y al final no tenía más remedio que hacer de Pepito Grillo o del antipático de la cosa ¿no? Claro, yo tenía una cierta sensibilidad en el mundo del diseño. No soy diseñador para nada, pero tenía una gran experiencia, por lo menos de estar sentado en los consejos de administración y ver durante 30 o 40 años qué es una empresa. Y el panorama era desolador: sin empresarios, sin empresas y con un defecto también que creo que tenemos los españoles, que es que no sabemos vender igual que los italianos o los franceses. Andamos por el mundo… ahora no lo sé, porque yo ahora ya no ando, pero por el mundo andaba mucho antes. Iba a las ferias, iba a los desfiles que organizaba la Cámara de la Moda en Pekín, en México y tal, y éramos una pandilla de acobardados. No nos lo creíamos, no sabíamos dar pasos en firme y hacia delante, sino minipasos laterales, tambaleantes. Y lo peor que puede tener un vendedor es falta de confianza en sí mismo. Lo que se ha dicho siempre en Loewe es que primero hay que tener opciones, calidades y condiciones para ser buen vendedor. Lo segundo que hay que tener, claro, es una técnica. Y lo tercero, confianza en sí mismo, porque es que si no, de verdad, no se lo cree el otro, el que tienes enfrente.

Entonces, para ir sacando conclusiones, ¿qué es lo que necesitamos ahora? ¿Empezar de cero, potenciar ese lado empresarial, renovar las ideas? Porque tampoco es que se profundice mucho en el contenido; en el 2017 parece que las formas y la estética lo justifiquen todo, incluso una mala prenda. Yo estoy bastante a gusto con las ideas. Creo que España es un país de ideas y de artistas, no hay más que ver el campo de la pintura, o probablemente el de la composición musical. Bueno, la artesanía misma ¿no? Pero claro, se tienen que cumplir todas las condiciones para que un negocio funcione. Mira, David Delfín podría haber roto en dos el mundo de la moda, pero es que, claro, era un grupo de amigos. ¿Ideas? ¡Anda que no había ideas en David Delfín! Lo que no había era una estructura empresarial seria; abrió una tienda por aquí (refiriéndose al barrio de Salamanca) y poco más. Te reto a que te compres algo de David Delfín que puedas ponerte alguna vez. También te reto a que te pongas ahora el hombre de Loewe (se ríe).

De eso te quería hablar. ¿Estás a gusto con el hombre Loewe? Bueno, no soy yo el que tiene que estar a gusto, eh. Yo no soy dueño de Loewe.

Pero sí tendrás una opinión ¿no? A mí lo que me produce… pues es una gran sorpresa, pero también curiosidad. Llevar unos vaqueros vueltos hasta la rodilla, llevar… algunas prendas son realmente graciosas (se ríe).

¿Te pondrías esos pantalones si tuvieras treinta años? Por supuesto que no, pero es que yo no soy el hombre Loewe. Mi madre me decía hace veinte años “es que yo he sido clienta toda la vida y ahora voy, Enrique, y no encuentro nada. ¡Estáis equivocados!” (se ríe). Y se ponía las manos a la cabeza o donde fuera. Y yo no le podía decir por caridad cristiana “señora, es que esto no tiene nada que ver con usted, esto ya no está hecho para usted”.

¿Y qué es algo feo para ti? Uy, mal vamos.

Oye, no estoy relacionando una cosa con la otra, eh. O quizás sí. (Se ríe). ¿Qué es algo feo? Pues mira, la belleza para mí es uno de los grandes misterios, que tiene una indefinición entre nuestro interior, nuestra sensibilidad, y los impulsos que recibimos de los objetos, de las personas. Ahí hay un punto crucial de encuentro, en un terreno neutral, entre el que emite y el que recibe esa señal. Pero tú no puedes captar todas las señales o impulsos que recibes a lo largo del día, porque te volverías loco. Tú captas aquellos que te llaman la atención, y que te llamen o no la atención depende de si tienes sensibilidad, si eres una persona culta, si estás acostumbrada a tener una opinión sobre la belleza. Y claro, si no es así, pues entonces encontramos ahí grandes zonas de misterio. Y el mal gusto está en un fracaso de esa emisión-recepción. El mal gusto se produce cuando los receptores jamás tendrían que haberlo sido, pero son captados por personas que tampoco estaban preparadas para emitir un juicio. La belleza es un tema fundamental en el planteamiento de nuestra vida, en filosofía, en la búsqueda de nosotros mismos, en la creatividad. Yo estoy dando ahora varios seminarios sobre qué es la belleza con un pianista, un filósofo, un psicólogo y un servidor, y te advierto que es apasionante. Pasamos de “bello es lo que yo considero bonito”, que es la idea de mi madre, que decía “yo sé que un vino es bueno cuando me gusta”, porque claro (se ríe), así no tenemos objetividad para analizar. Pero es un gran misterio ese, una de las grandes cosas por las que vale la pena hacerse persona.

¿Y del futuro qué opinas? Pero no de ese espacio abstracto, lejano en el tiempo, que todos imaginamos de vez en cuando, sino de la sociedad en la que vivirán tus nietos. ¿Cómo ves el día de mañana? Lo veo aterrado. Lo veo… bueno, siempre ha habido aterramientos y diluvios. Pero veo que estamos delante de varios ¿no? De varias dificultades para vivir como lo hemos hecho hasta ahora. Creo que dentro de cien años vamos a tener bolas de fuego por todas partes como en Portugal. Creo que no nos tomamos en serio el tema del crecimiento de las temperaturas y de los océanos, que suben de nivel e inundan medio mundo. Hay veces que, años atrás, luego eso lo revisas, claro, yo también me planteaba, como algunos amigos míos, no tener hijos. O sea, no transmitir esa tremenda incógnita, sino vivir las incógnitas tú mismo y acabar de una vez por todas, no dejar problemas a tu familia, porque ves a los nietos y ves que son unas cosas, pues eso, tan maravillosas… Me da miedo pensar que, bueno, pues que me va a dar un chupachups un día de estos, me iré al otro mundo y ahí les dejaré, enfrentándose a todas estas cosas del futuro. Veo un futuro complicado, muy complicado. Pero siempre ha habido futuros complicados ¿no? Fíjate, si yo hubiera sido un espectador de la decadencia del Imperio Romano o si hubiera estado en la Guerra de los Cien Años en Europa, pues habría sentido también un gran terror por el futuro ¿no?

Imagínate que tu padre ha estado aquí sentado escuchando todo lo que acabas de decir. ¿Qué idea se llevaría de ti? Mi padre se ha quedado patidifuso los últimos años cuando ha visto que yo era un tío culto, cuando ha visto lo que ha pasado con la Fundación, cuando ha visto que me dedicaba a hablar horas y horas con él de asuntos que tenían que ver con la cultura, el más allá… con toda una serie de cosas. Y en los últimos años hemos disfrutado mucho. Yo le iba a ver todos los días, teníamos conversaciones maravillosas, dábamos clases de filosofía juntos. Sí, al final las relaciones han cambiado mucho, y han cambiado para bien.